viernes, enero 27, 2006

¿Pro-verbio?

Calla, que tu lengua te volverá sordo.

sábado, diciembre 10, 2005

Muerte de Catalina, la central, en manos heterónimas

Aunque el parte policial dice ‘probable intento de suicidio’, lo cierto es que hemos tenido que matarla. Fue un acto pasional, no premeditado. Hablaba y hablaba con su compulsión habitual por la verdad, como si ésta fuese tan interesante. Lamentos y más lamentos. Dale con ‘incompatible con el mundo’. Dale con ‘no existe otro más que yo’. Entonces hemos perdido la paciencia y empujándola al vacío nos hemos liberado.

Debemos reconocer que su cuerpo no lo hemos encontrado. El abismo al que fue arrojada era suyo y ninguna de nosotras lo conoce realmente. En definitivas cuentas, solamente creemos que está muerta, desintegrada como el príncipe Altazor en infinitas letras carentes de sentido articulable. Pero también podría estar dormida en algún rincón insospechado. En todo caso, esperamos no volver a verla.

Nuestro sentido pésame. Y besos. Catalinas, las restantes.

jueves, diciembre 08, 2005

Conversaciones familiares VI

Mamá (57): J, ¿tú tienes un blog?
Yo: No.
Mamá: ¿Segura?
Yo: Claro que segura. ¿Por qué?
Mamá: Porque me encontré con G.R. y me dijo que tenías un blog, y que era muy divertido.
Yo: Qué cosa más rara.
Mamá: Ese G.R. está loco.
Yo: Sí, loco.

miércoles, noviembre 30, 2005

Cita V

FAUSTO.-- ¿Qué es lo que me ofreces? Alimento que no sacia; oro candente que, como el mercurio, se escapa de las manos sin descanso; un juego en el que nunca se gana; una muchacha que, abrazada a mi pecho, ya guiña el ojo y se entiende con el más cercano; el espléndido y divino placer del honor que se desvanece como un meteoro. Muéstrame frutos que se pudran antes de nacer y árboles que verdeen de nuevo cada día.
MEFISTÓFELES.-- Esos tesores que dices, yo te los puedo ofrecer. Mas, amigo querido, también se acerca el tiempo en que podamos regaladamente comer en paz alguna cosa buena.
FAUSTO.-- Si me tiendo ocioso y descansado sobre un lecho, si con halagos puedes engañarme hasta el punto de estar satisfecho de mí mismo, si logras seducirme a fuerza de goces, muera yo inmediatamente. Te propongo la apuesta.
MEFISTÓFELES.-- ¡Aceptada!
FAUSTO.-- ¡Choquen nuestras manos! Si un día le digo a un instante fugaz: "¡Detente! ¡Eres tan hermoso!", puedes atarme entonces con cadenas y terminarse el tiempo para mí.
* J.W. Goethe, Fausto, Editorial Sudamericana, Bs. As., 1999, p. 75. Primera versión alemana publicada en 1772.

lunes, noviembre 14, 2005

La vulva negra


Me vio y me encontró linda, adorable. Supuso que podría hundirse en mi carne felizmente. Sospechó incluso que podría amarme hasta los huesos. Estaba tan contento, entusiasmado. Hasta que me pidió que me levantara la falda y vio que de la vulva me caían gotas negras.

domingo, noviembre 13, 2005

Sicópata europeo (manifiesto)

Que los cobardes y estúpidos se larguen porque hoy pienso hablar de un goce supremo. Me he cansado de follarme a putas y putos hasta reventarlos. Les he abierto todos sus agujeros y les he creado algunos nuevos frente a sus hijos y madres. Los he penetrado hasta sentir sus vísceras y he sentido deseos de arrancárselas. Los he restregado con mis fluidos y los he alimentado con ellos. He mirado sus ojos suplicantes antes de escupirles su miseria a la cara. He abandonado sus cuerpos exhaustos como carroña para perros y delincuentes. He disfrutado humillándolos y observando como se transformaban en pura energía hacia mí: en amor, en odio, en evidente admiración. Me he puesto en el lugar de ellos y les he permitido a mis novias que me pateasen en el suelo su venganza, he lamido el culo de sus esposos y me he dejado abofetear por sus cabrones. Pero ya no. Ya no lo disfruto. Sueño con bacanales en las que poder saciarme, culminando en pasión colectiva lo que hasta ahora no han sido más que vicios privados, con mi ciudad transformada por un festín de órganos y placer sin límites. Pero esta ciudad está llena de imbéciles e hipócritas redomados, incapaces de mirar de frente sus deseos de pasión y crueldad. Hubo un tiempo en que gozaba viendo a mis mujeres comer en el suelo carne cruda. "Basta de sensiblería, convéncete de comes cadáveres", les decía. Era tan hermoso verlas llorar entonces, por fin conscientes de su naturaleza depredadora, que no podía evitar acariciarles la cabeza. Pero ya no. Ya no encuentro placer alguno en la educación sexual. Por lo demás, mis ex alumnas, en vez de salir fortalecidas de la experiencia y agradecerme las lecciones inculcadas a punta de sudor y semen, terminaban todas cagadas, yendo a llorarle sus miserias a un doctorcito cualquiera. Ya no. Sólo me dejo seducir por la posibilidad de una clase magistral, de la que hasta los más mediocres puedan sacar partido, para lo otro ya no tengo paciencia. Entiéndanme: a los placeres de la carne no voy a renunciar, simplemente quiero más de ellos, más y más y más. Quiero hacer con la carne una obra maestra. Hay algo patético en el arte convertido en una fábrica de salchichas. Los artistas hacen su pequeño trabajo que a nadie le importa llenos de arrogancia y vanidad. Perdedores del mercado en la mayoría de los casos, políticamente ineficaces, juegan a alterar un poco -y sólo un poco- las formas, para conseguir el beneplácito de un puñado de entendidos en la materia. ¡¡Y qué materia!! Pasaron del óleo a los alambres y las luces de neón. Mediocres. Y del peor tipo: mediocres que no saben que lo son. Atrapados en su trampa democrática. Jugando a volver al pueblo, pero hambrientos de reconocimiento y de subsidios. Ya podré dañarles un poco su acalorada autoestima. Con la obra que tengo en mente les daré una lección de verdadera nobleza. Tomen nota, imbéciles. En un mundo anestesiado por los medios de comunicación y la miseria, en el que se ha perdido todo sentido de la belleza, en el que la naturaleza es humillada por una cultura de masas embrutecidas, el único material capaz de conmover, de hacer una diferencia, de llamar la atención sobre lo que se ha perdido o lo que podría ser, el único material verdaderamente noble, es la carne humana. Ante tanta mezquindad, no puedo más que dar todo de mí. De ese modo dejaré la vara suficientemente alta como para que las generaciones que vienen vuelvan a mirar al cielo. No a dioses cada vez más debilitados y oportunistas. No. Al horizonte de sus propias posibilidades. Posibilidades olvidadas junto al instinto. Posibilidades coartadas por el temor. Posibilidad de ser dueños y señores de su destino y darse todos los malditos gustos que puedan imaginar. Pienso hacer una masacre, una perturbadora fiesta de la carne, sin otra motivación que la liberación del deseo. Mi obra será tejida con sangre humana y lágrimas de verdad. Será un regalo para quienes lo sepan aprovechar y, por supuesto, un gusto para mí. Me someteré a las consecuencias que llegarán inevitables. Seré esclavo por el resto de mis días, encerrado en una jaula como un perro. Pero llevaré adelante mis planes con amor: yo mismo pondré las bombas.

* La fotografía corresponde a Juan Dávila, chileno, artista visual.

domingo, noviembre 06, 2005

Conversaciones familiares V

Ella (4): Mamá, ¿cuánto falta para llegar a la cueva?
Yo: Poco.
Ella: Es que estoy cansada.
Yo: Si no llegamos, no encontraremos el tesoro.
Ella: De todas maneras no quiero encontrarlo.
Yo: ¿Por qué, amor?
Ella: Porque los tesoros, cuando uno los encuentra, se mueren.

jueves, octubre 27, 2005

Eros para Cioran según Savater (sic)

¿De dónde le viene al amor su prestigio? Nada goza de una reputación más asentada como infalible remedio contra los males del mundo; si bien todos reconocen que es pródigo en penas, ello simplemente colabora con su picante al sabor de este maná; quien lo posee, lo ostenta y lo complica de todas las maneras imaginables y quien no está en amores busca conseguirlos con la desesperación del ahogado al que se hurta el último madero. Lugar natural del absurdo y del equívoco, el amor no tiene siquiera aire de verosimilitud, pero, a fuer de espejismo perfecto, saca de su misma improbabilidad apoyos para su tinglado: inconmovible e inverosímil, satisface nuestra necesidad de creer en algo que nos salvará por hipótesis y el poético impulso de considerarnos perdidos más allá de toda ilusoria salvación. Contraponer sus exigencias teóricas y su realidad fáctica es un provechoso ejercicio de desfascinación, que nos ilustra de modo clarividente sobre los mecanismos de la ilusión (una desilusión amorosa es la lucidez al alcance de cualquiera, a poco que se le sepa aprovechar): ¡con qué admirable astucia se compaginan la biología y el soneto, la impersonalidad del deseo y la pretensión de distinción y unicidad del ser amado, el miedo a la soledad y la opresión del aburrimiento, la vanidad siempre hambrienta de aduladoras monsergas y el ansia de autohumillación y castigo! Todo falla en el amor, menos su capacidad de despertar interés; su éxito se fundamenta en gran parte en que proporciona un entretenimiento para mitigar el largo hastío de los días. Dos actividades han revelado sus virtudes en este campo: el trabajo y el amor. Pese a su parecido fundamental: una especie de necesidad natural que les serviría de fundamento, adobada con un montaje teórico y ritual monstruosamente hipertrofiado, y un mismo ofrecimiento de autorrealización, no cabe duda de que sus capacidades de despertar ilusión son notablemente disparejas: en este último campo el amor es realmente imbatible. Quien pudiera decir con verdad que ya no siente la menor ilusión amorosa –ni siquiera la de estar de vuelta del amor- habría ido tan lejos por el camino del desengaño que apenas parecería ya de este mundo: una piedra o un lagarto nos serían menos extraños que él. Si en la jerarquía de las mentiras la vida ocupa el primer puesto, el amor le sucede inmediatamente, mentira en la mentira. ¿Por qué superchería dos ojos nos apartarían de nuestra soledad? El amor adormece el conocimiento; el conocimiento despierto, mata el amor. ¿Quién tendría la ilusión lo suficientemente firme para encontrar en otro lo que vanamente ha buscado en si mismo? ¿Podría ofrecernos un calentón de tripas lo que todo el universo no ha podido ofrecernos? Y, sin embargo, tal es el fundamento de esta anomalía corriente y sobrenatural: resolver entre dos –o, más bien, suspender- todos los enigmas a favor de una impostura, olvidar esta ficción en la que chapotea la vida, con un doble arrullo llenar la vacuidad general y, parodia del éxtasis, ahogarse finalmente en el sudor de un cómplice cualquiera. Nos asaltan dudas al respecto, pero nuestra postura ante el amor es generalmente seria y denodada. Nadie bromea con los prestigios de la carne; la seriedad atroz de los libertinos de Sade, metódicos y disciplinados, tiene su correspondencia adecuada en los modernos manuales de perfeccionamiento erótico o en la severidad orgásmica de Wilhem Reich. Se admite tácitamente que nada merece más respeto que la vida sexual: en esto coinciden los partidarios de todas las represiones con los paladines liberadores. Dos víctimas atareadas, maravilladas de su suplicio, de su exudación sonora. ¡A qué ceremonial nos obligan la gravedad de los sentidos y la seriedad del cuerpo! Reventar de risa en pleno estertor, único medio de desafiar las prescripciones de la sangre, las solemnidades de la biología. En la relativa lucidez que separa mis propios accesos de arrebato, recupero mi risa para distanciarme del otro y de su entrega; cuando estoy poseído, se acabaron las bromas. Y es que presiento que la ironía va a dificultar mi funcionamiento: cualquier deficiencia o vacilación en materia erótica me aislará en una originalidad siniestra.
*Fragmento tijereteado a antojo del Ensayo sobre Cioran de Fernando Savater.

domingo, octubre 23, 2005

Recuerdo ominoso

Niños pequeños, de menos de un metro de estatura, pero tan diferentes a mí. Los miraba desde la ventana del auto, pegada la nariz al vidrio. Delgados y morenos, fumaban cigarrillos y aspiraban pegamento en bolsas de papel. Yo no podría vivir así. Sin zapatos moriría, parecía pensar mi madre. Por eso me abrigaba. Un pequeño giro en el destino, una trizadura en el hielo frágil sobre el que transcurría mi vida, y caería a ese otro mundo: mundo inverso y presente, día a día, desde entonces.

domingo, octubre 16, 2005

Ladrona

He tenido una aventura deliciosa que me ha devuelto a ciertos pasajes exaltados de mi adolescencia: junto a un nuevo amigo he protagonizado un robo.
Hace muchísimos años que no sentía la emoción de robar. Ya casi la había olvidado. Pero anoche la reviví en esplendor.
Mi nuevo amigo es policía -detective de la policía de investigaciones para ser más exacta- así que proporcionó la información necesaria para salir impunes.
Le conté que, tras muertos mis abuelos adorados, mi familia había realizado una absurda repartija de sus bienes en la que mi tía a todas luces había salido ganando.
Sospecho que mi abuela la despreciaba, que la encontraba simplona y verborreica, y que hubiese querido que fuese yo la que heredara sus pertenencias más preciadas. Por ejemplo un cuadro que tenía, de Carlos Pedraza, un paisaje de un camino rural en otoño. No es el tipo de pintura que me gusta, pero ese cuadro en particular me trae recuerdos de infancia, y me permite ver el rostro de mi abuela si luego de mirarlo unos segundos cierro los ojos. Sí, definitivamente: si es que existe un objeto que quiero para mí es ese.
Para obtenerlo tuvimos que robarnos un montón de cosas. Había que evitar las suspicacias. Aunque siendo, como soy, una señora respetable, sólo los más suspicaces podrían creer si les dijera que esto que les estoy narrando es cierto. Nos llevamos platería, joyas, unas pinturas cuzqueñas, artefactos eléctricos y otros. Alimentamos al perro con paté de fois e hicimos el amor en la mesa de centro del recargado salón de mi tía, escuchando sus horrorosos villancicos.
(En ocasiones la música horrible ayuda, por contraste, a acentuar la belleza de una escena.)
Hace mucho tiempo que no estaba tan contenta. Hace tanto que no sentía que mi amante fuese, de manera tan literal, mi cómplice. Por emoción podría convertirme en ladrona. Tengo a mi Clyde, suficientes coartadas, sangre fría. Pero no. Sería una cosa muy irresponsable. Tarde o temprano me atraparía la ley, y aprecio la libertad.
Aunque en ocasiones no sepa qué diablos hacer con ella.

sábado, octubre 08, 2005

Batalla contra el tiempo

Miserable, dejo el blog hasta nuevo aviso.

viernes, septiembre 30, 2005

Algunos se preguntan por el sexo.


Casi no puedo moverme. / Tienes atrapadas mis muñecas. / Te amo, pienso, y busco la mirada de ese hombre que construye un muro detrás de tu ventana. / Te ofrezco un suspiro. / Ruego que no me sueltes la muñecas. / Que las mantengas firmes. / Para sentir que mi inmovilidad es un deseo de otro. / Tuyo. / Te vas hundiendo. / Y lo miro. / Muerdo tu mano. / Y gimo. / Gimo para él que está allá afuera y tiene hambre. / Gimo para que sigas moviéndote. / Música para el baile. / ¿Comprendes? / Te confundes. / Babeas sobre mi pecho. / Me aprietas. / Te miro con esta mirada difusa que llevo. / Te miro junto a las murallas. / Al techo. / A las ventanas. / Los colores se entremezclan. / Manchados. / Un primerísimo primer plano de tu boca me muestra la textura de las lenguas. / Esas cosas que se llaman papilas, abiertas y erectas como pistilos al sol. / Succiono la lengua. / Caigo. / Quisiera estar soñando. / En un tiempo detenido. / Eterno. / Debes saber que estoy muy lejos, que me he ido. / Mi cuerpo abierto no te basta. / Humedeces tu mano con el sudor de mi pecho y me despiertas de un golpe. / Abro los ojos. / Trato de enfocar los tuyos. / No puedo. / Para acercarme busco el abrazo. / Sentir la sangre que palpita. / Mi mandíbula se afloja. / Hundes tu boca. / Siento en mi cuerpo una suma de hinchazones. / De calores y dolores. / Una asfixia. / Fluidez sanguínea. / Una impaciencia. / Y las caderas que comienzan por sí solas un vaivén. / Como en una rueda que gira y trae furia. / Ganas locas. / Abandono y consuelo. / Y luego nuevamente. / Y más rápido. / Cada vez más rápido. / Hasta casi enloquecer.
Siento al tiempo volviéndose repentinamente una ventana, que al abrirse se rompe. / Los cristales, sus pedazos, se clavan como agujas en mi piel. / Luego ya no veo nada. / No escucho nada. / Hasta que el hombre de allá afuera comienza a silbar una canción.

miércoles, septiembre 28, 2005

Un cuerpo hibakusha

Después de tener a mis hijos mi cuerpo quedó deformado. Lo que antes había sido terso ahora colgaba. La piel se había roto, quebrado en su estructura interna según explicaciones dermatológicas. Las lamentables cicatrices fueron apareciendo paulatinamente. Rojas como una llaga, prometían llevarse para siempre aquello en lo que se afirmaba mi ego. Si alguien ha visto a una mujer recién parida sabe a lo que me refiero: su cuerpo es una bolsa que chorrea leche, sangre, líquido amniótico. Su olor es agrio. Vieja, así me sentía. Súbitamente inservible, jubilada como objeto del deseo. Daba risa escuchar a los melosos de siempre hablando del brillo maternal en mi mirada, de lo lindas que estaban mis mejillas, lo rosadas.
Con las ubres podridas, el sexo inservible, los tajos en mis tejidos que amenazaban con romperse ante la más mínima violencia, lloraba al imaginar el tipo de hombre que estaría dispuesto a penetrar con sus manos mi herida. No odiaba al que "me había hecho eso", ni menos a la criatura a la que había dado vida. Odiaba a los que vendrían y despreciarían mi cuerpo. Odiaba a los que me habían deseado por una belleza extinta. A todo aquel que me llamara "señora". Y, por sobre todas las cosas, me odiaba a mí misma por no saber qué hacer.
Hasta que comencé a erotizar mi amargura. Comencé a imaginarme impúdica, exhibiendo mi nuevo estado. Amarrada de pies a cabeza con hilo de pesca. Pliegues sobre pliegues, parodiando mi nueva obesidad. Volverme de ese modo lúbrica, con un sexo puesto allí para la violación del desesperado. Explotando un nicho de negocios para el cual la única carne es pornográfica. Buscar entonces la mirada. Una embrutecida por su propia deformidad o, por el contrario, una cruel, sofisticada, cuyo deleite fuera verme degradada. En suma, miradas corruptas.
Y luego sucedió que ya no deseé otras. Cuando mi cuerpo volvió a la normalidad, mi corazón no lo hizo. No premio de consuelo, tampoco vicio. Más bien una pasión poderosa que crecía y me hacía usar la belleza como un traje susceptible de ser colgado en el armario, de ser utilizado para fines precisos, y de quitármelo en el momento oportuno para probar la resistencia al horror de algún desprevenido transeúnte.
Fotografía: Mexican Pin Up, de Joel Peter Witkin.

lunes, septiembre 26, 2005

Conversaciones familiares IV

Yo: ¿Tú le dijiste a la J. (2) que tomara agua del water?
Ella (4): No, yo no fui.
Yo: Dime, A., ¿por qué hiciste eso?
Ella (4): Ay, mamá, es que no podía aguantar la risa.

Optimismo


¿Por qué disimular que tengo reservada en mis bodegas una cantidad inmensa de alegría? ¿Es verdad que el desconsuelo me parece una pose más interesante? ¿Con la ligereza de la risa no creo poder llegar al corazón? ¿Por qué no hago un intento de atrapar con las palabras mi optimismo?

Me respondo que el mismo acto de escribir es suficiente camino recorrido en esa dirección. Y también que el optimismo me causa más pudor que los lamentos.
*La fotografía es un registro del trabajo "Estudios sobre la felicidad" de Alfredo Jaar. Santiago de Chile, 1979.

jueves, septiembre 22, 2005

Más exhibición del Te Amo.


Tú te lo pierdes. Me pierdes. Allá tú tonto que no ves. / Me has llamado a disimular la ternura, a dejar de hablar de amor. Así lo matas. Porque él –mi amor por ti- está hecho de palabras. Nada más. / Tonto no. Sin mi amor tú no pierdes nada. Yo pierdo mi voluntad hinchada, mi deseo, el calor de mi cuerpo. Quedo fría y ya me empiezo a parecer a ti. Vacía. Me dan ganas de pararme en medio de la calle y hacerme atropellar. / El amor nada tiene que ver con esa estúpida sensación de habitar en el nirvana. O, al menos, si libera al corazón también lo oprime. Se deja caer sobre él con su peso insoportable. Por eso los suspiros ahogados. / Ya te has olvidado del amor. / Debes pensar que estoy loca. Pero me consuela saber que algo debes entender. Si puedes devolverle el brillo a las miradas de unas viejas de vidas opacas, debes entender. / Mi locura, entonces, es entregarme a ella, no resistirme, vivirla como inspiración, como motivo, estirarla hasta el hartazgo. Y gozar de mi dolor de vieja opaca. / Ay, si supieras todo lo que he pensado en ti. Si pudieras ver cómo te he inventado. Si intuyeras a tu fantasma expandiéndose en mi insomnio. Llenas el negro de la noche, el mundo, y me siento sola en el medio del desierto, recibiendo. Y tú, cielo poblado de estrellas, te dejas caer sobre mi pecho, asfixiando todo lo que he sido. / Tú dirás que no estabas ahí, que todo esto no ha salido de mi mente. Te escucho como a un rumor lejano hablando de solipsismo. Instalada en este desierto siento el ridículo de invocarte como al espíritu de un muerto. / Basta ya. Todo lo que digo también es una pose, un tono que adopto por amor a las palabras de amor. / Puedo subir la frecuencia, bajarla, suspenderla, pero la prueba concluyente de que es más que una pose es que regresa, aún me siento cómoda adoptándola, las palabras salen de mi boca. / Sería estúpido decir que ahora digo la verdad y antes mentía. Nada de eso. Siempre miento y siempre digo la verdad. Me refiero a ti. Siempre te miento y siempre te digo la verdad. / No me mandes a callar. Cállate tú y el efecto será el mismo. Si te alejo ya verás que siempre estuve lejos y no importa. / Quisiera besar tus muslos por dentro. / Escribo para conservar una sensación que en mi cuerpo ya no existe. Escribo para poder mirar su evanescencia. / Ya he comprendido que estás fuera de mi alcance. Eres una excusa. Te imagino, vanidoso, rabiando por ese lugar. / Mato el cariño. Tú sabes: una cosa lleva a la otra. / Espero que olvides esta carta. / Convertirás mi amor enloquecido en una anécdota para entretener a otras personas. Dirás que te impresionó mi enajenación, mi voluntad. Qué mierda. Estoy cansada, no te quiero mentir. Da igual lo que hagas conmigo después de lo que yo misma he hecho ya. / El amor dura poco, tan poco que ya no sé si alguna vez lo sentí. / Una señora que lleva horas esperando aquí, en el décimo séptimo juzgado del crimen, a que traigan a su marido desde la penitenciaría acusado de violar a una menor, me pregunta qué escribo. Una carta de amor. Abre los ojos muy grandes. Nunca ha escrito ni recibido una, me confiesa. / Tonto. Vuelves la cara justo cuando el ripio empieza a descascararse y aparece la luz de los brillantes. No había para qué tomarlos. No eran para echárselos al bolsillo. Eran para mirar. / Muero aquí. Buscarás una mirada tan intensa como la mía y me divierte pensar en el trabajo que te costará encontrarla. Yo, una sonrisa defectuosamente parecida a la tuya hasta quizás toparme con su reverso. /Si he vuelto a apostar por la belleza ha sido nada más que por ti y para ti. Aunque luego me quede yo con ella y pueda sacarle otros provechos. / Ay, que tonto has sido al enojarte por sentirte objeto de mis juegos de aburrimiento. Del aburrimiento solitario ha salido más de algún engendro que conmueve. Recibir sus golpes sobre tu piel anestesiada es lo de menos. / Si busqué provocarte es porque encerrados juntos en un espacio angosto, turbio y pantanoso, pensé que tal vez podrías abrir una ventana para evitar mi asfixia. No me aburro más que de los otros. Sola no. / No busco coincidir contigo ya. / Creo como tú: no existe el seductor, sólo el seducido. Por él pasa la vida. / Hay cierto tipo de belleza padecida, exagerada, autoindulgente, que sólo despierta en mí la crueldad. / Creo que mi amor por ti ya ha muerto y esto que escribo es su epitafio, o mejor aún: una sátira, escribir en lengua muerta por placer. / Tápame la boca y te besaré la mano. / Mis palabras de amor mueren aquí. No porque te alejen sino porque reconozco en ellas la agonía. / Boto tus besos a la alcantarilla para que desde ahí sigan buscando un rostro al que alcanzar. Me guardo uno eso sí. Uno quieto.
Escrito a G.M., que me impuso una amistad de la que hoy disfruto.

Conversaciones familiares III

Ella (4): Cuando duermo contigo tengo sueños terribles.
Yo: ¿Soñaste algo anoche? ¿Qué soñaste?
Ella (4): Soñé que estabas acostada en la cama, te tomaban en brazos, te ponían en el suelo y te partían en dos con un cuchillo.
Yo: ¿Quieres dormir sola esta noche?
Ella: No, yo sé que son sólo sueños. Me gusta mucho dormir contigo.

Leonard Cohen

Allá un pequeño altar,
Allá una ciudad cualquiera,
Allá vuestra miserable "vida sexual".
Ahorradnos los detalles.
Os escondéis detrás de vuestra desnudez.
Y cuando os sentís suficientemente audaces
la imponéis como un mal gobierno.

* Leonard Cohen, La energía de los esclavos, Visor, 1980.

Impostura

Me veo tan infantil que me avergüenzo. Y para evitar enrojecer digo que no es más que una impostura.

miércoles, septiembre 21, 2005

Amor fatal

Pienso en la joven aquella de la prensa que ha sido asesinada por su marido conocido a través de la Internet. Era chilena. De madre noruega. En vez de ama o sumisa se creía bestialista medieval. He entrado a la página web donde escribía. Nada de mal, por cierto, su escritura. Perfect English. Tiene que haber tenido más distancia con su rol que un amo o una sumisa, o estaba chiflada. Un by pass gástrico la hizo bajar 70 kilos. Sí, pesaba 140. Tenía una hija cuyo nombre no recuerdo, pero que pudo haberse llamado "Unicornio". Se inventó una historia de amor romántico con un chico canadiense. 22 años Fred, o Mark. Dejó a Unicornio en Chile y fue a casarse a Canadá. La bala tocó la sien. Mark le clavó 25 o 48 puñaladas en el cuerpo. Le echan la culpa a la internet.

Poemas de amor VII

Toda superstición / creo que fuimos hechos juntos / desde una figura única / en el anteparaíso / yo de tu costilla / tú de mi lengua / ambos de una idea imperfecta / y así estuvimos por los tiempos / multiplicándonos lejos / perdidos / hasta que caí en ti por vez primera / hasta que caíste / hace mucho / la inquietud y la paz embriagáronse esa noche / hiciéronse añicos / acabaron besándose / lascivas / creo que hemos sido amantes a través de las infinitas reencarnaciones del símbolo / que viviremos juntos / uno en los brazos del otro / y así mismo moriremos / callados / apagándose tu mirada en la mía / mientras / te alojaré en la médula / en la espina / te cubriré con mi piel / te amarraré de mi pelo / dormirás en mi voz / despertaré en tus ojos / beberás de mi boca / te amaré te amaré te amaré / hasta volver del sueño / y más allá del sueño.
Para Paco.

martes, septiembre 20, 2005

Aventura quieta



Una aventura para hoy sería dejar de mentir. Entregarme inválida al teclado y la pantalla de este computador sin más recursos que estas palabras pobres, sin más metáforas que las que aparezcan por azar. No buscar efecto alguno. Ir suicidando mis intenciones primero literarias y luego vitales hasta quedar silenciosa. No tengo hacia dónde prolongarme. Aceptar aquella fatalidad. No tengo deseos que me inviten a desplegarme y buscar alcanzar a otro.

Cita IV

"Luego la trata de puta asquerosa. La palabra puta sigue siendo un misterio para ella, aunque le llega cada vez al fondo del corazón. Ignora su significado, pero le gusta. No sabe por qué pero le atrae. Puta, puta asquerosa. Mira a su hermano directamente a los ojos cuando le dice esas palabras. Encontrar el significado de las palabras con la finalidad de nombrar lo que experimenta: para Marguerite, las palabras y las cosas que significan tardaron mucho en coincidir. De este desfase y de la niebla perpetua que la envolvió durante la adolescencia nacerá también la escritura como método de elucidación. Comprender, por supuesto. Pero no demasiado y nunca todo."

Laura Adler, Marguerite Duras, Editorial Anagrama, 2000.

Poemas de amor VI

Un día te dije que sería tu esclava.
Me transformaste en un falso ídolo.
No supe corregir el error.
Y ahora te tengo a mis pies
sin saber qué hacer contigo.

Conversaciones Familiares II

Ella (4): Mamá, no quiero morirme, no quiero que te mueras.
Yo: Todos nos vamos a morir, amor. Pero cuando uno es tan viejito, tan viejito, el cuerpo está cansado y ya no le importa morirse.
Ella (4): ¿Nosotras nos vamos a morir en la misma marca?
Yo: ¿Cómo? Uno no se muere en marcas.
Ella: A ver... es decir... ¿nos vamos a morir en la misma flor?

lunes, septiembre 19, 2005

Tan humano que duele


Cuando dijo que quería verme hacerlo con un perro pasé varias noches insomne. Horas enteras tumbada sobre mi espalda imaginándolo mirarme. Sintiendo repulsión hacia mi misma, como cuando era niña y me encerraron en el armario de la sala: sucia. Imaginándolo llegar a mi casa con un gran danés negro. Sería de noche y lo estaría esperando con un vestido hermoso, uno que perdí hace mucho, de seda áspera y semitransparente.
(Un gran danés es capaz de arrojarme al suelo, convertir mi ropa en jirones de tela en un momento.)
Voltéate, me ha de decir el hombre, una vez el perro haya comenzado a olisquearme.
En cuatro patas la transformación comienza. Quiero probar, ahora, el aroma del animal. Le lamo el ano y las bolas mientras su sexo crece brillante. Al tocarlo, las papilas gustativas se encienden dentro de mi boca, se abren como si fueran flores. Un hilo de baba une mis labios a esa flecha roja. Quiero mamar, desespero. Porque no hay tiempo. Porque el perro tiene sus propias ganas, trae su hambre. Parece listo para asegurar la reproducción de la especie.
Por el culo, indica el hombre, y guía con su mano al perro. De una estocada el animal se hunde en mi intestino. Blandos y húmedos, abiertos por la imaginación, mis agujeros suplican. Chúpame a mí, dice el que habla, y me penetra la boca con violencia semejante. Uno se mueve contra mis caderas; otro, contra mi cara; lo que hay en el medio tiembla. Gruño.
Mi cuerpo se estira y contrae, convulso. Escucho nuestros jadeos. Me provocará un desgarro. Ay. El recto se me ha llenado de un momento a otro de una masa enorme. Mis piernas están bañadas de semen. De su semen y mi sangre. El hombre ya no está: mira. El perro tirita, no logra despegarse. Lloro y me muevo buscando permanecer cerca.
Aúllo para compadecer al hombre que mira, lleno. No mueve un músculo. Sólo logro perturbar al perro que de un tirón me deja botada en el suelo, hecha un ovillo, con la mirada ciega y el ano sangrante.
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Aún está ahí, puedo sentirlo. Puedo oler su hocico muy cerca. Lo empujo hasta que queda tumbado a mi lado. Caemos dormidos. En el sueño hay unos ojos detenidos sobre una pantalla de luz. Sonrío. Por las cuencas me he follado al que mira. Mañana él, con los ojos sucios, sembrará en su mundo mi deseo.
Tan humano que duele.

viernes, septiembre 16, 2005

Fósforo blanco


Caía sangre del cielo, y material de construcción pulverizado. Quienes sobrevivieron, ciegos, buscaron agua para calmar su angustia. Los ríos de la ciudad de Hiroshima arrastaban cuerpos y pedazos de cuerpos. En esas cloacas rojas, cementerios giratorios, depositaron sus lenguas radioactivas.

lunes, septiembre 12, 2005

La nave va dejando el puerto

(cerrado por vacaciones)

sábado, septiembre 10, 2005

Mendigos III

Le temo tanto que cuando paso junto a él no lo miro: mantengo la respiración para no olerlo: su grito agudo lo vengo escuchando desde que, a los tres o cuatro años, una anciana me contaba el cuento del viejo del saco: el grito lo daba yo en ese entonces, al despertar por la noche: es el timbre de mis peores pesadillas: su destino es aquel del que nunca escaparé del todo: aquel que me estará esperando a la vuelta de la esquina: donde me abandonan el pasado, el futuro y la honra.
Sueño que soy un hombre con las rodillas rotas: sueño que me miro en un pedazo de espejo que he encontrado en la basura: rebotan sobre mí las miradas de asco de aquellos que, siendo como yo estando despierta, me miran de reojo: ni siquiera el frío me penetra: ni el miedo ni nada: la soledad es un lujo de los otros.

viernes, septiembre 09, 2005

Cita III

"Nunca he escrito creyendo hacerlo, nunca he amado creyendo amar, nunca he hecho nada salvo esperar delante de la puerta cerrada."
Marguerite Duras

Cosmopolitan

Una papaya abierta sobre el miembro erecto. Entonces la chupas hasta deshacerla. Puede ser delicioso. O miel, muy pegajosa, lamerla hasta que no quede nada. Un poco de cerveza en una axila o merlot bebido desde el ano: delicias de las delicias. Si se trata de masturbar a una mujer, lo óptimo es un pepino pelado: es fresco, y si ella se contrae lo suficiente lo romperá, dejando pepitas y jugos de pepino en su interior que luego puedes intentar recoger con la boca. El color de la zanahoria se ve muy bien en el culo. Aconsejo pelarla, eso sí, para evitar posibles infecciones. Grande es mejor, para que duela. Pero debes aliñarla un poco y así te evitas romper la piel. Si le pones aceite de sésamo y jengibre pueden comerla después en la ensalada. En caso de que le temas a la hepatitis, la cortas en juliana, la doras durante 5 minutos en mantequilla con orégano y ya está. Las berenjenas son tan hermosas. Demasiado blandas, eso sí, no resisten la presión del ano, pero en el coño de una mujer muy blanca otorgan un contraste de ensueño. Quien no ha bebido champagne desde una espalda, no sabe lo que es vida. El ombligo es un pocillo ideal para bocados pequeños. Ostras por ejemplo. Erizos y vaginas son una combinación perfecta. Definitivamente están hechos los unos para las otras. A los pies les viene bien el jamón y viceversa. Puedes enrollar cada dedito con una lonja y entre ellos colocar bolitas de melón. Quizás tu Amante se vea un poco ridículo, pero sabrá delicioso. Si te gusta el chocolate, pruébalo en polvo: cuando Él esté húmedo, rocía su cuerpo y, luego, a lo largo de una tarde o de una noche, vas recogiéndolo a langüetazos.
Es algo realmente dulce de hacer y Él se sentirá adorado en todos sus rincones.

It's a Lonely World

No hay otro. Sólo yo que me transformo y hablándome a mi misma me lo invento. Es mi propia mirada la que me tiene convertida en un gusano. Que se arrastra silencioso buscando un cuerpo al que arrimarse por un poco de calor. Y al arrastrarse va dejando sus huellas de esperanto.

miércoles, septiembre 07, 2005

Psiquiatras

Eufórica planeo una venganza. Eufórica planeo un reencuentro. Eufórica quiero suicidarme. Más tranquila todo me da igual. Le dejo a usted vieja gendarme de blanco delantal y desinfectadas manos la cuestión de si acaso necesito o no una droga. De si acaso pudiera beneficiarme su diagnóstico, tan incisivo como cruel. Cruel porque me roba el magnífico sentimiento de singularidad que me embarga cuando contemplo mis propios pensamientos, hiere mi ego vanidoso y me deja arropada con la triste promesa del confort.

Rituales II

Algo horrible podía ocurrir si no pisaba las rayitas de la vereda. O si las pisaba. O si perdía la cuenta de cuántos pasos había desde el paradero de micro hasta la puerta de mi casa, o cuántos escalones entre el primer piso y el departamento de mi abuela. Todos los días me imponía nuevas obligaciones que me salvarían del caos. Pisar las hojas secas. No decir ciertas palabras. Mirar sólo de reojo.
Hubo momentos de mi infancia en que estos pequeños rituales cobraron un sentido superior, conformando un sistema organizado de creencias, como cuando luego de mirar muchas piedrecillas y escucharlas, escogí a una y la convertí en Dios. Inventé una serie de pecados relacionados con la falta de fe hacia mi deidad y con errores en su alabanza.
Este episodio tuvo lugar al final de mi infancia. Después de eso, se fueron alejando poco a poco los días de soñar con entrar a un convento, de retroceder media cuadra para pisar una hoja seca, de tocar madera cada vez que la oscuridad se apoderaba de mis pensamientos. Debía aprender a convivir con el miedo.
Recuerdo la adolescencia como verdaderamente pavorosa. Llena de terrores y ningún medio para conjurarlos. A medida que Dios se hacía más pequeño la muerte crecía a mis espaldas. Seguía teniendo conciencia de las rayitas de la vereda, pero ya no me salvarían de nada. Algún consuelo encontraba en el orgullo.
Después de un paso tumultuoso por los rituales de la adolescencia, me fui introduciendo en el mundo de los rituales adultos. Besar al marido. Sonreírle al jefe. Mirar con suficiencia al carabinero. Darle plata a los mendigos. Brindar con los amigos. Besar a los niños cuando duermen. Quizá nos liberen del miedo a renunciar al trabajo, caer presos, volvernos pobres, quedarnos solos. Pero la rigidez de estos rituales hace que se produzcan inevitables trizaduras por las que, una vez más, logra colarse el miedo. Y del miedo al caos hay apenas la pérdida de control sobre un impulso.

martes, septiembre 06, 2005

Conversaciones familiares I

Ella (4): Mamá, ¿por qué yo nunca he visto a mi ángel de la guarda ni a mi hada madrina?
Él (6): A tu hada madrina no la has visto porque no existe, es una leyenda.
Yo: ¿Y tú cómo sabes que el ángel de la guarda no es también una leyenda?
Él (6): Ah, ese el misterio: no lo sé. Sólo puedo decir que creo en él.

Rituales

Nos juntamos siempre en el mismo parque, el mismo día, a la misma hora. Llevamos libros para leernos los pasajes predilectos. A veces también algún regalo.
Allí estamos, cogidos de la mano.
Nos quedamos en silencio como si dispusiésemos de todo el tiempo del mundo. Caminamos luego en la misma dirección. Entramos a un hotel donde nos entregan, cada vez, la llave de una habitación idéntica.
Semana tras semana repetimos el ritual, sin más que pequeñas variaciones.
Un mal día, uno de los dos decide llamar al otro por teléfono. Se hace así una trizadura casi imperceptible por la que, sin embargo, logra colarse el miedo. En vez de un martes nos juntamos un jueves. En vez de caminar por el parque nos tomamos una botella de vino en el bar.
¿Qué pasará si suena el teléfono en medio de la noche? ¿Habrá gritos en su casa? ¿Deberé presentarle a mis padres? ¿Nos olvidaremos del parque y habitaremos espacios cada vez más amplios de ciudad?
La posibilidad de un nosotros retumba ahora en todas partes, amenazadora. "Ya no me gusta", le digo, y aliviados nos damos la espalda.

lunes, septiembre 05, 2005

Monstruosa


Aunque haga lo imposible por disimularlo, soy un monstruo horrendo, peludo y jorobado. Y si bien mi joroba se intuye y no se ve, ahí está, arruinando mis ansias de belleza, mis ansias de tus ojos deslizándose sobre mi húmeda belleza.

domingo, septiembre 04, 2005

Mi merecido (fragmento)


Me pregunto qué habría ocurrido si no me hubiese sacado al enano de encima. Abandonada, exhausta, semi desnuda, con la mirada extraviada y las piernas abiertas: hubiese venido otro y luego otro y otro, hasta que todos ellos se hubieran corrido entre mis piernas. Convertida de ese modo en un público receptáculo de semen, no me habría quedado otro remedio que la culpa, el resentimiento o una completa transformación de mis valores.
*La imagen es Apolonia y Dominatrix provocando Dolor en el Arte Occidental, de Joel Peter Witkin.

Ruina

Mientras alegremente te diviertes -y te miro divertirte alegremente- se me van cayendo los pedazos. Se me caen las letras como lágrimas y voy quedando en ruinas. Algún día me visitarás como un turista que busca diversión. Pero, hijo de puta, no dudes de que te haré pagar la entrada.

Poemas de amor V

Me voy de ti como se deja una ciudad en la que se ha soñado vivir. Vuelvo a mi casa deshabitada y proyecto en sus muros los recuerdos. En este show, tu cara se va desdibujando. Aparecen otras. No hay tragedia. Más que aquella cuya pasión y muerte olvido.

viernes, septiembre 02, 2005

Aclaración patética


Después de ver en el contador de visitas que alguien ha llegado a este rincón poniendo mi nombre y apellido en google, me parece prudente, aunque no por ello menos penoso, aclarar que la autora de este blog no se responsabiliza por la conducta de su protagonista.
Agrego ahora un nuevo dato: entre las curiosidades que ha arrojado esta tecnología del site meter (los que llegaron buscando fotos de grandes penes y señoras gratis, los descriteriados que buscaban "muchos locos" o "salidas tristes", los que andaban tras un tratamiento de ortodoncia o poemas románticos para mujeres embarazadas, etcétera) me encuentro con la pavorosa revelación de que estoy siendo metódicamente leída a dos metros de mi escritorio, en el antro conservador en el que estoy metida hasta el cogote. En un arrebato paranoico pensé incluso asesinar a Catalina en manos de sus heterónimos, pero sería aquella una actitud despreciable. Pues bien, sólo me queda afirmar nuevamente que esto no es un diario de vida, sino un laboratorio de ficción.

jueves, septiembre 01, 2005

Poemas de amor IV

Olvidamos cómo ponernos de frente.
Hoy,
de lado,
nos hacemos invisibles.
Nos tocamos la frente
para calcular la temperatura corporal.
Nada bueno puede surgir de tanta desconfianza.
(Yo desconfío de tus posibilidades; tú desconfías de mis intenciones.)

Cita II

“En el corazón de una orgía, un hombre se acerca al oído de una mujer y le dice: what are you doing after the orgy?”

Jean Baudrillard

miércoles, agosto 31, 2005

Clasificados de la World Wide Web

Hola. Lo primero es dar las gracias a toda la gente que me ha contestado. Pero voy a explicarme bien para que nadie se llame a engaños. Soy un chico que se traviste en la intimidad. Estoy totalmente depilado, uso lencería, tacones, peluca, maquillaje, pero sigo siendo un chico. Cada vez intento estar más femenina y ser una autentica putita. Me gusta todo: lluvia, leche, enemas, scat, zoo, azotes, prostitución, bukake, y todo lo que me propongais. Busco gente de Madrid, con mucho morbo y vicio.
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Busco sumisa de no menos de 45 años, bien puesta en la vida, para que sea mi esclava total, sin límites.
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Por distancias geográficas, MI AMA, desea ceder a su esclavo a todas aquellas Amas o parejas en las que al menos uno de ellos sea Dominante (zona País Vasco, Navarra, Cantabria y la Rioja), para sesiones D/s. El Perro es una zorra puta con pocos límites. Si después de probarlo existe interés real de la Ama por el perro estudiaré la posibilidad de su cesión definitiva.
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En el DF, con 55 años, 1.75, 98 kg., estudios superiores, hetero, soltero, sano, discreto, 15 cm. y actividad sexual relativa. Gusto por la lectura, la música, el baile, la bohemia, el tequila, la buena plática y el sexo oral. Deseo sumisa joven o madura, profesionista o no profesionista, atractiva, sana, discreta y rasurada. Casada con o sin permiso, viuda, soltera, divorciada, separada u otra, que quiera sacar la perra puta que lleva dentro.
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Hombre hetero de argentina, bien parecido busco ama para relación sadomasoquista fuerte. Tengo límites altos. Adoro todo tipo de lluvias, castigos, humillaciones, etc. Busco mujer muy severa y desprejuiciada que quiera avanzar en algo serio.
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Amo con experiencia y residencia en España busca sumisa para satisfacernos los deseos sexuales íntimos. Tengo 39 años y busco esclava de al menos 30 años. Abstenerse jóvenes sin experiencia. La idea es tener escapadas de lujo, sexo, dolor y pasión una vez que nos hallamos conocido, haya feeling y confianza mutua y dentro de los límites acordados. El físico no es importante siempre que sea una mujer normal. Yo también lo soy. Hay dos tipos de sumisas, las que les gusta ser sometidas por un hombre y las que además prefieren unir el sexo y el dolor. Prefiero a estas últimas. Ni que decir tiene de máxima discreción. No son temas para comentarlo en público. Un beso.
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Busco perra en Ciudad Real, Toledo, o alrededores. Serás utilizada a mi antojo, cuándo y cómo yo lo quiera. Vivirás para mi placer. Servirme será todo tu afán. Serás mi puta, mi perra, mi esclava. Pero piénsalo bien, no quiero indecisas.
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Lo admito, estoy desesperado totalmente por una mujer. Mi ritmo de vida me impide tener demasiado tiempo pero tengo que vaciar mis huevos como sea. Soy muy atractivo y me gusta absolutamente todo en el sexo. Follar día y noche, ser amo, esclavo, puta, lo que sea. Me someteré a todo cuanto una mujer me pida. Al principio me someteré, pero luego, cuando se haya corrido bastante, la haré mi esclava y tendrá que hacer lo que yo pida, si hace falta le pegaré y sodomizaré para conseguir su respeto. Pero por ahora me conformo con vaciar estos huevos a punto de reventar.
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Poemas de amor III

Para rsoi, femenina y naif.
A los once años volví a nacer en un mundo sin dios. Desde entonces espero una mirada que me contenga como lo hizo aquella idea. Me entrego a esta ilusión sin remedio. Perderla sería como aceptar vivir suspendida en el vacío. Decir esto es como decir ‘ya que atea romántica e ilusa’. Cambiar de fe. Cobardemente rogar por una salida amorosa a este desastre.

Papeles Ordinarios: escultura hibakusha


Sobre la exposición de J. P. L. Vicuña, Carlos Pérez Villalobos escribió De las cosas primeras, un brillante ensayo del que transcribo algunos fragmentos:

Pareciera que sólo la verdad puede decirse "crudamente". Semejante asociación -de crudeza y verdad- hace parte del sistema básico que opone naturaleza y cultura, y alude al hecho de que alcanzado algún grado de refinamiento social, el índice de verdad de un dicho o evento es proporcional a lo que en éste hay, tanto en la forma como en el contenido, de indigerible, tosco, elemental. ¿Por qué? Pues porque el sujeto cultural (aquel cuya "naturaleza" es la "cultura") termina valorando como verdad la emergencia de una imprudencia o exceso que interrumpa las buenas -o bellas- maneras del teatro social y ponga (o reponga) sobre la mesa esas cosas que (primera instrucción que recibe el crío para ser un buen niño) no se deben mostrar o decir en la mesa.
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El niño (o el loco) -así dicen- pueden indicar la verdad, pero no porque sean portadores de un saber, sino precisamente porque no lo poseen. No hacen parte del juego de (su)posiciones que constituyen el teatro social y sus representaciones, son el exterior a la ficción, son, así se dice, inocentes. O salvajes o "naturales": desnudos de cultura y, por tanto, no expuestos s la vergüenza, puesto que la desnudez, que tiene su verdad en la vergüenza, es un hecho de cultura.
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Como se dice de un chiste, elaboración verbal cuya cuota de placer, según postuló Freud, es proporcional a la alquimia eufemizadora que permite que lo impresentable devenga presentable. Misma fórmula que aplica Lyotard para definir el sublime kantiano, concepto que implica valoración (ilustrada) de la naturaleza como desborde, como desbordamiento, de las formas culturales de la representación. El arte moderno es, postulo Lyotard, aquel que consagra su pequeña técnica "a presentar qué hay de impresentable". Y, podemos imaginar, que los casos en lo que este postulado aplica no son ajenos a aquellas cosas respecto de las cuales el sujeto prefiere hacer "la vista gorda", por asco, por vergüenza, por espanto.
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Hay verdades que parecen mentiras, increíbles de tan inverosímiles, o verdades que sólo pueden decirse como mentiras, pues de otro modo serían inaceptables. Indigeribles, incomestibles. Así, la mentira queda del lado del revestimiento, de la cobertura elaborada, de la coartada y el subterfugio, del velo que solapa y disimula. De lo cocido y recocido, de lo cocinado y ornamental. De la cultura. La verdad, en cambio, huelga decirlo, del lado del desvelamiento y la desnudez, del mostrarse en cueros -silvestre, sin refinamiento. En estado de naturaleza.
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Vicuña consagra (recito) su "pequeña técnica" a presentar lo impresentable. Con el consiguiente efecto de placer y pesar que provoca su irrupción impertinente.
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Asistimos de testigos, consternados, muertos de risa, piadosos, como cabe imaginar que le propio artista lo fue durante el tiempo de ejecución, de los frutos graduales de su fábrica mimética. Somos retornados a la primera pulsión escópica, infantilizados, pues la percepción de tales de escenas no exige (en principio) códigos culturales de reconocimiento y de gusto, ni siquiera el esfuerzo mínimo de abstracción implicado en el paso del volumen al plano, por ejemplo en la traducción pictórica. El placer del desciframiento (placer cultivado) es relevado por el placer más intenso (más primario) de mirar y continuar mirando.
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Cuerpos capturados, inmovilizados en su caída, como si una súbita catástrofe los hubiese detenido en un instante de su agonía sexual, y los hubiese preservado así, pasmados en su ademán -ridículo, extático, impresentable. Las asociaciones son inevitables: cuerpos fijados en su minuto último por la ceniza y la lava del Vesubio; cadáveres sometidos a momificación. Cuerpos extasiados por el fotón letal de una explosión atómica. Instantánea mortal. Sólo que aquí la humanidad resultó pillada -y así quedó ultimada- en su gesticulación primaria y definitiva: su padecimiento sexual, su condición deseante.
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Se trata pues de una sexualidad rebajada a cierto estado de crudeza porque excluída, por la división social del trabajo, de las condiciones de ocio y refinamiento que harían posible un erotismo de alta gastronomía. El sexo funciona aquí como despojo, objeto de manipulación, entre hambrientos varados entre sábanas sucias, en el cuarto del planchado, en el rincón de la cocina, en estado de urgencia. Sexo de colchón desvencijado, de calzón roto, en el cuarto de los trastos y las goteras, sexo de mala muerte, sexo de campo de exterminio. Se trata de pasión, sí, pero en términos de padecimiento: el deseo sexual en estas escenas se lo sufre, es un tormento que se padece, pero no a título de entusiasmo exultante, fiesta dionisíaca, sino como inercia, enfermedad, apremio doméstico y plebeyo que precipita la muerte. Y el efecto en el espectador no es, desde luego, el que desea provocar el espectáculo porno de tersos cuerpos exhibidos en su teatro obsceno, en cuyo señuelo de excitación y horror el mirón se consume. Todo lo contrario. El efecto, la afección o aflección que sufrimos, es el de la piedad: la mirada queda fascinada ante esos cuerpos tristes arrebatados por una necesidad nociva, insomnes, moribundos, insignificantes, despojados de toda investidura cosmética, nonatos para el tiempo festivo, y así expuéstos en su liturgia de miserable erotismo.
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"Nunca nos liberamos de la Cosa" -escribe Lyotard, pensando seguramente en otra cosa- "siempre olvidada, es inolvidable". Vicuña se demora -consagra su tiempo artesano- para representar prolijamente, para espanto, risa y piedad, seres humanos reducidos a portar y padecer sus chuchas y pichulas, con pelos y señales.
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La cosa que falta, brilla, refulge, por su ausencia, omnipresente en su omisión, tan presente en su laguna; materia insimbolizable sobre cuya exclusión, ocultamiento, denegación, se levanta toda escena social. Nada hay, sin embargo, que no sea elaboración, derivación, sustitución, fuga o retorno, respecto de eso, la-que-no-se-dice, tal que una cultura no es otra cosa que que el conjunto de esa proliferante producción de sucedáneos y eufemismos. De ahí que el evento de la verdad -en cuya promesa se juega la vida, pasión y muerte del arte- parezca exigir cada vez la irrupción infantil o salvaje que deje a la vista el saldo restante de una operación de corte y confección de la indumentaria simbólica, saldo que como ripio impresentable, amenza con su retorno el sistema de la moda. La vida rebajada -a la inmediatez de ciertas sensaciones, a la facticidad del cuerpo y su agonía animal, al tiempo sin tiempo de esas muertes- es aquello que queda aludido en las escenas montada por el artista. No, pues, la "desnudez" simbólica del emperador -el amo, el padre, el sujeto- sino el fondo crudo, no cocinado, de la vida abandonada a la buena de dios: la sobra de sexualidad, la imposibilidad de desnudez y vergüenza de atónitos vasallos.
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La exposición Papeles ordinarios de Langlois Vicuña se exhibe en La Factoría de la Universidad Arcis, ubicada en Libertad 53 (Metro Unión Latinoamericana), hasta el 9 de septiembre, de lunes a viernes de 12:00 a 20:00 horas.

lunes, agosto 29, 2005

Borracha

Mitad alcohol mitad sangre por mis venas, te voy rodeando ridícula y tambaleante. Te busco el baile. Quiero tus ojos en mi escote. Pero ellos insisten en los míos. Insisten con su sobriedad insoportable. Insisten en tajearme bisturí. En coserme adjetivos. En expulsarme. Yo, testaruda y borracha, insisto por mi lado en tu cintura, en tu abrazo y sus promesas, en la almohada de tus hombros donde quisiera dormir mi borrachera. Me vas odiando. Mis ojos nublados se niegan a mirar este dato más que de reojo. Pero por la mañana será la única sensación que permanezca.

sábado, agosto 27, 2005

La Balada de los Feos


Feo mira a Fea
Fea mira a Feo
Él la desprecia
Y ella lo odia

Fea piensa en su cara mal hecha
Sus pelos
Sus granos
Sus orejotas
Feo quisiera meter un dedo entre los pliegues de su cuerpo
Sacar un poquito de musgo
Y escupirlo

Feo pretende liberarse de su fealdad
Publicando libros aclamados por la crítica
Haciéndose rico
O muriendo con celebridad

Fea quisiera matarlo ella misma
Quisiera sobretodo morderle la cara mal hecha
Romperle la ropa
Y apagar la luz

Feo preferiría -sin duda- tener una mujer hermosa

Fea no quiere saber nada de hombres hermosos
Los considera definitivamente maricones

Fea quisiera ser maricona ella misma
Travestida
Ponerse tacos de aguja
Y contar chistes en la disco

Feo quiere que la Fea no lo mire
Quiere sacarla de su área de visión
Le pondría una sábana encima

Fea sueña con violadores en serie
Quisiera que uno la amarrara a la cama

Feo detesta a las mujeres elegantes, exitosas, bonitas
Pero aún más que a ellas detesta a las feas

Fea no quiere tener hijos
(Teme que le salgan feos)

Feo te mira por la espalda y piensa
En tu culo inmenso sobre sus rodillas

Tú podrías apagar la luz, Fea
Y decirle con tu voz fea
Palabras imaginativas

Fea siente que la están mirando
Y se avergüenza
De ti no quiero nada, dice Feo

¿Qué puede querer él de semejante criatura?
¿Qué podría querer él sino violarla violentamente en la escalera?
.

lunes, agosto 22, 2005

Mendigos

Tuve un amo al que le gustaba verme teniendo sexo con mendigos. En ocasiones me ordenaba que fuese hacia donde un hombre yacía dormido y borracho en la acera, me metiera entre sus mantas y le diera una mamada. Debo decir que esos penes llagados, inmundos, de olores putrefactos, fueron en su momento un plato delicioso. Otras veces le ofrecíamos a un mendigo, por lo general joven y enfermo mental, una cena, un baño y sexo. Aceptaban. Los llevábamos a un hotel donde se me ordenaba desvestirlos. Sacarles la mugre con la lengua, empezando por los pies y subiendo dedicadamente por sus cuerpos heridos. Prepararles un baño de hierbas. Bañarlos. Peinarlos. Afeitarlos. Darles de comer con la mano. Frutas, mariscos, pequeños bocados. Recuerdo que decidimos que la música de Vivaldi era insuperable para crear el efecto deseado. Y para beber, por supuesto champagne. De aquella experiencia aprendí que la miseria y la locura suelen atrofiar el performance sexual. [...] Mi amo se quedaba en un sillón, se masturbaba y observaba sin hacer más que pequeñas sugerencias. Sólo una vez se nos unió en la cama. Después de bañado, el mendigo quedó tan hermoso que incluso a mi señor, que apenas había tenido experiencias homosexuales, le despertó el deseo. Era un hombre alto y frágil, con una cabellera larga hasta la cintura. Fue un momento realmente conmovedor. Hicimos algunas fotos que aún conservo. Hay una de un beso que tengo colgada en mi habitación.

Mendigos II

La última vez que estuve con un mendigo fue un poco distinta. Veníamos saliendo de una fiesta en una zona céntrica y marginal de la ciudad y ahí estaba él. Se trataba de un cuchepo. No sé si el término será comprendido fuera de las fronteras del feudo así que paso a describirlo: un cuchepo es un hombre sin piernas que utiliza, a falta de silla de ruedas, un carrito, algo parecido a un skate board, pero más artesanal. Fue idea mía esta vez. Le dije a mi amo “mira, ¿no te parece interesante?” No alcanzó a decir “puede ser” cuando yo ya le había sonreído al cuchepo -que no era enfermo mental y de tonto no tenía nada- y él me había respondido la sonrisa. No recuerdo mucho cómo se desataron los acontecimientos pero la cosa es que de pronto me ví arriba del carrito, que se movía a toda velocidad por la calle oscura, mientras mi amo se iba haciendo pequeño. Nunca había sentido brazos más fuertes que los de este hombre. En un dos por tres me tenía penetrada. Como la calle era de adoquines, los saltos del carrito hacían lo que el cuchepo no podía con sus caderas pesadas. Tuve varios orgasmos antes de volver al punto en el que había perdido a mi amo. Ya no estaba. Me telefoneó al día siguiente para decirme que me merecía un castigo. El pobre nunca entendió que sus castigos me gustaban y jamás lograrían reformar mis deseos inagotables de aventura. Lo suyo no era más que la administración de un error.

Eunucos

Me gustan las mujeres. Me gusta mirarlas desnudas, buscar en sus formas diferencias y semejanzas con mi cuerpo. Me gusta sentir sus lenguas, sus uñas rasgándome suavemente la piel. Creo que lo que me gusta de ellas es que, descentradas, es más posible encausarlas hacia la disipación pura, volverlas perversas. Creo que me gustaría hacer el amor con un eunuco, deben estar más dispuestos a la fechoría que los hombres acabados.

Parejas

Supongo que podemos seguir hablando de la ilusión como ocurre en los entierros. Contarte por ejemplo que la enfermedad oportunista sobre su cuerpo ya debilitado fue comprender que una vez más no cabrían todas mis palabras. Menos aún mis gestos, mis deseos. Un presagio fue perversa, luego vino loca, demasiado impulsiva, desequilibrada y otros. De esta forma empujada al disimulo. Triste presagio de pareja. Donde la simbiosis y las proyecciones crean desproporciones horrorosas. Donde al cabo de unos meses de delirio compartido la complejidad del otro empieza a hacerse insoportable y comienza un camino de añoranza de un paraíso ya perdido. Detesto a las parejas. Las miro y me dan pena. Con toda su miseria, P. y Y. son excepcionales. La mayoría son mucho peores. Escondiendo día tras día sus pasiones. Ocultando el odio en las palabras y expresándolo en gestos desorientadores. Haciéndose pequeños -pequeñísimos- para caber en espacios reducidos. Encerrados en sus abrazos tibios y egoístas. Acomodándose a ritmos que los hacen perder todo sentido musical. Acusando al otro de sus miserias. Tolerando. Anestesiando exigencias que alguna vez parecieron radicales. Bajando la voz y el tono del deseo. Envejeciendo. Rompiéndose a martillazos los espacios oscuros e inadecuados de sus mentes. Hijas de los celos, de cálculos económicos mezquinos, de la vanidad, el miedo, el vacío y el dolor. Castrantes en la fijeza de sus roles. Y sin embargo la ilusión renace desde las cenizas. No existe ilusión más testaruda y peligrosa. He ahí la hubris. El riesgo no es salir herido sino absolutamente mutilado. Así que salud por este entierro. Alcancé a tener visiones deprimentes.

domingo, agosto 21, 2005

Domingo II

Voy con mi ex marido al videoclub. Los niños trepan en resfalines plásticos. Se disputan el derecho a elegir el título de la única película para la que el dinero alcanza. Yo paseo frente a los estrenos gringos y pienso que si no me hubiera separado del padre de mis hijos los días como hoy serían tantos. La vida entera sería un domingo, plácido, aburrido y familiar.

jueves, agosto 18, 2005

Usted no debería

Usted no debería creer en mis palabras ya que yo misma no lo hago. O tal vez lo más sensato sería dejarse envolver por su fiebre sin exigir de ellas verosimilitud o coherencia. Buscar entre letra y letra síntomas de género, generacionales, latinos, de clase, tercermundistas. Buscar en ellas algo que, como un abrazo, me implique superándome.

Sadomasoquismo: ¿niños exploradores?

Quizá algunos piensen que en el ambiente sadomasoquista puede encontrarse un mayor cúmulo de energía y creatividad sexual que en otros lados. El impulso erótico desviado de su obvio desenlace espasmódico debe -o debería- buscarse otros caminos. Pero no es así. En aquel ambiente, como en casi todos, falta sensibilidad y materia gris. Una noche de soledad y tedio accedí a reunirme con un jovencito que se hacía llamar a sí mismo “amo”. Nos juntamos en un restorán. Pedí el plato más caro y menos abundante, sólo por joder. El amo debe alimentar a sus esclavas. El me preguntaba por mi vida sexual, yo le mentía y le preguntaba por las coordenadas de su educación. Cuando llegamos al hotel, él no sabía nada de mí y yo sabía que él no me interesaba. Pero había pagado su parte y tal vez, quién sabe, sin ropa resultara más perturbador. Eso debo haber estado calculando cuando vi la mochila que traía. Es tan cierto como patético: este chico llegó a interesarse por el sadomasoquismo a través de repetidas incursiones a sex shops. Abrió la mochila y extrajo de ella una formidable cantidad de cuerdas de distintos tamaños, colores y texturas. Sacó una bola de goma del porte de un puño y me la enterró en la boca. Parecía un boy scout: experto en nudos. Se deleitaba con su trabajito mientras yo empezaba a sentir frío. Cuando estaba totalmente inmovilizada por las cuerdas, me clavó un par de tapaoídos y me vendó los ojos. Privación sensorial y de la movilidad, debe haberse llamado el capítulo del manual de cortapalos que ponía en práctica. Luego de eso me hizo lo que cualquier joven esposo en su noche de bodas: el amor. Cuando acabó me liberó rápidamente pues al día siguiente tenía que levantarse muy temprano a trabajar. Mientras me despedía de mi amo con un beso en la mejilla, le dije: querido, prefiero el celibato. Me miró con sus ojos bobos llenos de curiosidad.

miércoles, agosto 17, 2005

Blogs: escritura hibakusha

El texto a continuación es una traducción mía -precaria, por lo tanto- de lo publicado hace un par de días en O Biscoito Fino e a Massa, blog de Idelber Avelar. Del título también deben culparme a mí.

La tesis central que me gustaría trabajar con ustedes aquí esta noche es que los blogs son una herramienta nueva de representación de la experiencia. Si hay una novedad en los blogs, si hay algo revolucionario en la escritura bloguera, la explicación de ese carácter renovador debe buscarse en la forma en que los blogs dan vida a un nuevo tipo de primera persona. Los blogs son la respuesta dada por los usuarios de las nuevas tecnologías de publicación online a la necesidad de representación de la experiencia, comprimida entre la asepsia de la información de los periódicos, cada vez más repetitivos y previsibles en el explayamiento sobre la miseria del mundo, y el carácter técnico y especializado de la literatura, cada vez más divorciada de la experiencia cotidiana de los sujetos. Entonces la tesis básica sería ésta: algo aún no representado de la experiencia gana acceso a la escritura a través de los blogs. Desde el punto de vista de la literatura, lo más notable de los blogs es que acrecientan esta dinámica de una escritura directamente vinculada a la experiencia. Incluso en los blogs menos confesionales se establece una relación diferente con el nombre propio de las permitidas por otras formas de escritura. Se diseña con frecuencia un cierto teatro de la intimidad, donde no es raro que se interrumpa el flujo de los post sobre los temas principales del blog con alguna observación sobre la vida privada: un comentario sobre un desengaño amoroso, un lamento por una tragedia personal, una convocatoria a una fiesta. Poco a poco se va tejiendo un personaje de ficción, allí en aquel espacio, que los lectores acompañan un poco como acompañamos a una telenovela. Con la diferencia de que la historia conlleva una relación directa con la experiencia de quien escribe y su final no está determinado de antemano. Ella se va construyendo día a día, bajo el pulso de la interacción con los lectores.

El pensador alemán Walter Benjamín, en su ensayo titulado “El narrador”, escrito en 1936, observaba que la cantidad de experiencias vividas por el sujeto moderno no había llevado a una proliferación de relatos personales sino, por el contrario, a una forma de atrofia de la capacidad de narrar. Benjamin notaba, por ejemplo, la incapacidad de los ex soldados de relatar lo que les había ocurrido durante la Primera Guerra Mundial. A pesar de haber vivido lo inédito, volvían más vacíos de experiencia. Ésta, para Benjamin, está siempre vinculada a la posibilidad de transformar lo vivido en materia narrable. Benjamin aprovecha la existencia de dos palabras para designar a la experiencia en alemán: Erlebnis, forma substantivada del verbo leven, vivir, sería la materia bruta, la colección de los hechos vividos. Otra palabra, Erfahrung -que tiene una relación etimológica con gefahr, peligro‑ es el término reservado por Benjamin para designar la experiencia en sentido fuerte. Transformar Erlebnis en Erfahrung es tomar lo vivido, la colección bruta de banalidades de la vida cotidiana, y convertirla en una narrativa que le da coherencia. Para Benjamin, es exactamente esa conversión la que está atrofiada en el mundo moderno. Vivimos experiencias automatizadas en un mundo en el que ya no se cuentan historias a los pies de la chimenea. La declinación del arte de narrar sería la principal razón de esa crisis en la transmisibilidad de la experiencia. Ya no se transmiten las experiencias como antiguamente. La primacía de la información en el mundo moderno correspondería a una atrofia en nuestra capacidad de narrar. Al contrario de la narrativa, la información es por definición perecible, segmentada, irrelevante al día siguiente. La era de la información acentúa el divorcio entre narración y experiencia.

Nosotros, los blogueiros, nos indignamos cuando alguien confunde blog con diario adolescente –que apenas es un tipo de blog y ni de lejos el más importante o representativo. Mas es un hecho que el blog mantiene una relación esencial con una forma de diario; la superposición de entradas fechadas, el vínculo directo con el tiempo, la escritura del yo. Por lo tanto, en los blogs más impersonales –los científicos o periodísticos- aflora siempre una marca del nombre propio, del sujeto que firma, marcas en general reprimidas en la gran prensa, como también en la literatura de ficción de las grandes casas editoriales. Esas marcas aparecen con más fuerza especialmente en los blogs de las mujeres, donde en general la escritura del nombre propio tiende a aflorar sin miedo. Nosotros, los blogueiros, hemos tenido que inventar esa lengua, porque los modelos existentes no nos satisfacían. De ahí el hecho de que en los blogs frecuentemente pueda encontrarse una prosodia, una retórica, una sintaxis que no se encuentran en ningún otro lugar. Nuestra apuesta es a que estaríamos, de esta forma, reconstruyendo un lugar desde el cual narrar la experiencia, renovando el lenguaje ahí donde las palabras estaban ya un poco sucias y automatizadas.

sábado, agosto 13, 2005

Antes del impacto


Enola gay ha dejado caer a Little Boy sobre mi corazón oriental. Antes del impacto desarrollaré ojos en la espalda. Como un engendro raro, un cyborg, injertaré paisajes en mis córneas.

He terminado por convencerme: nos merecemos la bomba y yo. Yo con mi deseo de arder le ofrezco mis muros, mis calles y fantasmas. Little Boy sólo necesita un impulso para desatar su furia.

Nos consumiremos en flama.

Luego, lo que quede de nosotros construirá sobre el espacio devastado una ciudad nueva. Tengo visiones arquitectónicas para nosotros. Habrá plazas y escondites especialmente diseñados para ejercer la libertad: la de él, la mía y las nuestras entrelazadas.

Ay, dios santo, es cierto. Nuestra imaginación nos supera y toma forma. ¿Para qué seguir intentando disimular la turbación? Las compuertas de Enola gay han sido abiertas.

Miro fijamente al cielo.

* Este pequeño texto, escrito hace un tiempo ya, relata la versión amorosa del mito fundante de mi condición hibakusha. La imagen es de Barbara Kruger, artista norteamericana.

La fuente

Hay algo estéticamente delicioso en los contrastes, en los contrapuntos. Me gusta por ejemplo sentarme vestida muy elegante en el bar de un hotel con el pelo aún mojado por la orina de mi amante. Estudiar la carta, ordenar un martini seco, preguntarme si el mozo alcanzará a oler el agrio aroma de mi cuerpo.

De lejos un hombre me mira. Sé bien lo que quiere. Le hago un gesto obsceno que lo descoloca: no sabe si lo que vio es lo que creyó ver. Saco un libro de mi bolso. Estoy leyendo Doctor Faustus. Los zapatos me molestan. Me los quito. Las medias de seda me hacen sentir bien. Abro la boca. Me concentro en imaginar ciertos mecanismos de deconstrucción de la frase musical sugeridos en la novela. Pido un segundo martini. Esta vez casi puedo asegurar que el mozo hace extrañas morisquetas con su nariz al acercarse. Huelo a baño público. Pero como soy vanidosa, me siento como el urinario de Duchamp.

En el espejo


Soñé que me tomaban en brazos. Al despertar me encontraba en el suelo.
Soñé que había tenido hijos. Cuando desperté miraba la ciudad de Santiago desde arriba, desde un paseo a la cordillera que hice a los 15 años.
Soñé con bombas, con que de forma muy lenta se me extinguía la carne. Al despertar tomé, religiosamente, los antibióticos indicados por el médico.
Soñé con un hombre que eyaculaba mierda. Me vestí ese día con ropas severas.
Soñé que hacíamos el amor: era muy dulce. Al día siguiente no pude recordar con quién lo hacía.
Soñé que mi papá estaba vivo, que siempre había estado vivo, que conversábamos sentados en las pequeñas sillitas de la escuela Santa María de Iquique. Al despertar me volví supersticiosa.
Soñé que no había alimentado a mis hijos, que llevaba varios días sin darles de comer. Al despertar quise que me doblaran la cara de un golpe.
Soñé que lloraba y conté ese sueño riendo.
Soñé con monitores, con ventanas del mensajero que se abrían y eran gritos. Al despertar leí el cuerpo de reportajes de El Mercurio.
Soñé que perdía el control del auto. Elegí pomelos y pan integral esa mañana.
Soñé que, con mi jefa, arrastrábamos un gigantesco globo aerostático desinflado por los patios de la universidad. Ese día le conté y me dijo: "no quiero saber nada".
Soñé que me sujetaban las manos con fuerza, inmovilizándolas. Al despertar no encontré motivo alguno para moverlas y sentí pena por aquello de la libertad.
Soñé que un policía me guiaba por las calles con un dedo insertado en el culo. Iba sacándose disfraz tras disfraz hasta llegar a un cuarto de hotel y quedar convertido en lo contrario de lo que había sido en un comienzo. Al despertar escribí el sueño, lo publiqué en un antro sadomasoquista y los comentarios fueron pobres.
Soñé que mi abuela volvía de la muerte y me abrazaba. Al despertar intenté seguir soñando y, cuando la vigilia acabó por imponerse, lloré de rabia.
Soñé que le pedía a una secretaria sentada frente a un computador inmenso que buscara mi nombre otra vez, que yo tenía que estar en la lista de amigos personales de Manuel Contreras. Al despertar sentí vergüenza.
Soñé que mi madre era una muñequita barbie y yo la cortaba en dos con un cuchillo. "Qué obviedades que sueño", pensé al despertar, "no tengo filtros".
Soñé que mi ex marido me abrazaba en la cama que fue nuestra: todo era calma, todo estaba bien. Al despertar busqué en la bandeja de entrada de mi correo electrónico alguna palabra dulce.
Soñé que perdía a Francisco entre la muchedumbre. Al despertar vomité huevos y whisky.
Soñé que me habían drogado, que era de noche, que caminaba por una autopista a la orilla de un mar embravecido, confundida, intentando volver a casa. Esa mañana me hundí en sentimientos autocompasivos.
Soñé que caminaba por la orilla del mar. Que había un sol radiante. Que subía a una terraza sobre un acantilado. Que la terraza, enorme, estaba peligrosamente inclinada y yo, desnuda, gozaba, y al mismo tiempo temía caer. Al despertar sentí la urgencia de salir de la ciudad, de oler el mar.
Soñé que paría a un niño muerto. Y recordé una sentencia de Cioran: "Lástima que no podemos respirar como si todos los acontecimientos se hubieran detenido".

lunes, agosto 08, 2005

Desde el matorral

Hoy he salido a comer con mis padres y una pareja de amigos de ellos. Envejecen. Hablaron de mi generación como una triste, aburrida, a la que al arte le convenía omitir.

Si he escondido el blog es porque estoy amarga, y la exhibición de la amargura sólo puede traer más amargura.

domingo, agosto 07, 2005

Domingo

Los domingos vuelcan mi atención sobre los pequeños ruidos que escapan al silencio. Martillazos, retos de una madre, puertas que se abren y se cierran. La suspensión dominical los amplifica y sus gritos sin sentido me sumergen en el deseo de un silencio radical.

sábado, agosto 06, 2005

Hibakusha

Los hibakusha son aquellos que estaban allí, sobrevivieron al impacto de la bomba y lo llevan consigo. No sólo han quedado traumados y enmudecidos sino también alterados en su estructura cromosomática. De su reproducción pueden esperarse deformidades, se convierten así en novias indeseadas.

Mucho se ha dicho sobre la forma en que Auschwitz ha dividido la historia en un antes y un después. Pienso, en cambio, que el quiebre más radical se ha dado en Hiroshima. Somos los herederos de Hiroshima, de la guerra aérea, de Dresden y Bagdad. Como apunta Santiago Alba en el diario Rebelión "el problema del mal es mucho menos enigmático y, en todo caso, mucho más viejo que éste otro, vástago del bombardeo, de la ausencia de mal como fuente de destrucción. Ya no se trata de cómo el mal infiltra o construye su propia normalidad sino de cómo la normalidad misma -la inocencia más inatacable- destruye el universo a través de una ventana."
La tarea por delante parece inmensa. No hay diseño, pero la recuperación de la voz parece un primer paso necesario.

jueves, agosto 04, 2005

Notas para un Manifiesto Punk

A lo sobrio, lo recargado.
Recargar los atuendos: frente al imperativo de la sobriedad, adornarse como árboles de pascua.
Al buen gusto, el kitsch.
Despreciar el buen gusto: éste no es más que la imposición del gusto propio por quienes tienen el poder de hacerlo.
A la uniformidad, la originalidad.
Provocar la mirada: treinta años después, todavía nos damos vuelta en la calle para mirar a una pareja de punkies.
Al conformismo, la rebeldía.
Desafiar: “Ni Dios. Ni Amo. Ni Patrón”.
A lo romántico, la cruel realidad.
Caer en realidad: “No hay futuro”; entonces, “Veneno contra veneno”. La destrucción como último recurso utópico.
Al arribismo, la decadencia.
Burlarse de los que escalan montañas de mierda: mientras las mayorías intentan ascender socialmente, más de alguna oveja negra de familia burguesa se ha identificado con esta estética de los hijos bastardos del proletariado.
A lo suave y redondeado, lo agresivo y filudo.
Ponerse el parche antes de la herida: hacerse difíciles de amar. Porque no existen instrucciones para abrazar a un punk sin pincharse, para querer a un punk sin resultar herido.
A lo productivo, la vagancia.
Renunciar antes de ser expulsado: el reverso del atuendo aceptado en una oficina. Marginación o automarginación del mundo laboral formal. Si hemos de ver la marginación del mundo laboral como causa o efecto depende del origen social del niño.
A la limpieza, la mugre.
Llevar las manchas como quien lleva medallas de guerra: sudor, sangre, semen, barro, vino y vómito no deben ser subestimados.
A la pulcritud, el desorden.
Intervenir el orden establecido: el desorden es un arma para aquellos a los que no les gusta cómo están ordenadas las cosas.
A lo nuevo, lo usado.
No comprar: contra la estética de la moda de temporada, la prenda desechada.
A lo femenino, lo tosco.
Cambiar las reglas del juego: ambigüedad sexual contra prototipos de género.
A lo masculino, lo ornamentado y ajustado.
Coquetear con la obscenidad: exaltación de una sexualidad exuberante, indiscreta, desafiante.
Al punto medio, la radicalidad.
Destruir y autodestruir: almas extremistas, miradas que matan y adolescentes muertos de sobredosis.
Al temor, la osadía.
Travestir la vulnerabilidad en dureza: cambiar lugar de víctima por pose insolente.
A lo serio, lo cínico.
Escapar de la lógica represiva: contestar preguntas insidiosas con muecas cínicas.
A lo funcional, lo disfuncional.
Frente a la ética de la utilidad, no funcionar: el niño problema de la familia, la niña expulsada del liceo, el cesante, el vago, el alcohólico y drogadicto, el delincuente, el narcisista, antisocial o fronterizo. (Si bien es cierto que en otros momentos lo fueron, hoy en día los punks, por anacronismo, ni siquiera son funcionales al show business.)
A lo natural, lo artificial.
Reaccionar contra el jipismo romántico: por ingenuos.
A la tradición, la vanguardia.
Ser también un poco ingenuos: la eterna ilusión de hacer una diferencia.
A lo rural, lo urbano.
Habitar cunetas, estacionamientos, esquinas y plazas: la rebeldía contra la naturaleza es burguesa o romántica, no punk.
A lo provinciano, lo cosmopolita.
Desviar la mirada: mirar hacia Londres.
A lo local, lo globalizado.
Hacer de la resistencia al imperialismo una cultura transnacional: paradoja de una estética importada que defiende lo local.

Tócame la herida, Amor

El miedo a la humillación ocupa gran parte de los pensamientos conscientes y las peores pesadillas de la mayoría de las personas. Dejar de temerle, aprender a gozarla, opera como una válvula de escape, una extraordinaria liberación de energía. Tememos, por ejemplo, que aquellos a quienes deseamos nos encuentren feos, tontos, lamentables. Escuchar sus insultos es como una profecía autocumplida. Finalmente se nos reconoce como los seres miserables que somos y, a pesar de ello, se nos desea y acoge. Y si no es así, si no se nos acoge y desea, al menos ha alcanzado a operar el efecto catártico de la desnudez. Por fin podemos mostrarnos patéticos, repugnantes, desvergonzados, obscenos. Y el otro no se hace el tonto, no gira la cabeza hacia un lado fingiendo que no ve. No. Al contrario: mira directamente a nuestra llaga y mete el dedo. ¡Por fin alguien la toca! Entonces le agradezco y le pido más palabras crueles. Al fin pronunciadas en voz alta luego de haberlas escuchado tantas veces como un rumor en algún oscuro rincón del subconsciente.
Cuando la mirada de otro me descubre siendo así, casi un despojo, siento que al fin no queda nada que esconder, que el miedo finalmente ha sido roto. Me reconcilio conmigo misma, me exhibo abyecta e indigna, me amo así y amándome me erotizo.

¿Estas ventanas pueden cerrarse de un click?

Hace algún tiempo vengo leyendo los escritos de un sádico español en internet. Es un hombre realmente extraordinario, o al menos su personaje lo es. Extremadamente culto y refinado, escribe sobre filosofía, bioética, finanzas, música contemporánea, cine, literatura y sexo con la misma fluidez. Nos hemos escrito largas cartas exponiendo nuestros puntos de vista acerca de ciertos nudos de moral sexual. Nos recomendamos música y literatura. Pero de lo que quiero hablar ahora no es de sus cartas, espléndidas, sino de los escritos que expone en un foro creado por él mismo, en el que se dedica a relatar sus andanzas sexuales. Sin complacencias ni miramientos de ningún tipo, se ha descrito desde un principio como un hombre cruel, no interesado en absoluto en la complicidad erótica, si no únicamente en utilizar a sus víctimas para satisfacer sus infinitas ansias de tormento físico y emocional. Anita -así se hace llamar- sabe perfectamente que al leer sus crónicas afiebradas habrá mujeres -y hombres- que quieran probar su mano. Algunos querrán hacerlo porque su ansiedad sexual los ha llevado a buscar experiencias límite aún a costa de sus vidas. Otros, porque tienen una autoestima tan dañada que creen merecer el castigo y la humillación. También habrá quienes se hayan visto seducidos por la gracia y la inteligencia de Anita y quieran entregarse simplemente y por completo o involucrarse en una lucha de poder desafiándose a enamorarlo, reformarlo o lo que sea. No sé cuál será el caso de su nueva novia. Lo que si sé es que ella corre peligro. Si es que existe, digo, y si es que existe Anita. Si es así, ella podría morir cualquier día de estos, esta misma noche por ejemplo, asfixiada por las manos fuertes de mi amigo. Podría morir sumergida su cabeza en la tasa del baño, crucificada o desangrada a punta de golpes asesinos. Es muy probable que ella le haya dicho que “quiere llegar hasta el final”, que desea “entregarse por completo”, que está dispuesta a “poner su vida” en las manos de su Amo. Pero no es menos probable que sean éstas metáforas de lujuria -o de amor incluso- y que mi estimado Anita sea en cambio más bien partidario de la literalidad y el realismo en la expresión.
La realidad se nos escapa en este caso como en tantos. He pensado llamar a la INTERPOL o acudir a los cyberangels para que ellos se hagan cargo del criterio. ¿Pero qué les podría decir yo? ¿Que en algún rincón de España hay una pareja de sadomasoquistas desquiciados que consensuadamente han determinado “llegar hasta el final”? Ella es muy joven, es cierto, pero es mayor de edad. Hay algo que sé pero no soy capaz de explicar cómo. Sé que Anita, de existir, no se detendrá ante la posibilidad de matar o de morir. Imagino a un grupo de comando, aún con la furia de la guerra oriental, echando abajo la puerta del lujosísimo piso de mi amigo, para descubrir a un par de cuerpos dulcemente entrelazados (he visto muchos thrillers de dudosa calidad). O tal vez, un poco más tarde, encontrando a una joven anoréxica con el puño de su Amo metido hasta el intestino diciendo con un hilo de voz “no se preocupen, estoy muy bien”. Imagino a un oficial de la INTERPOL levantando una sonrisa a media asta y diciéndome “hasta ahora, señorita, el único delito está en sus ojos” (hay oficiales de la policía capaces de hablar así).
Creo que esperaré hasta leer en algún rincón estrambótico de la prensa dominical que una joven apareció muerta en un descampado con la cabeza rasurada y una estaca en el corazón. O a que el mismo Anita tranquilice mis nervios exaltados con un texto dedicado a la música de Arvo Pärt (tiene una enorme capacidad para los giros y coartadas). O simplemente cerraré la ventana, por cierto indiscreta, de un teclazo, y abriré la que da a mi jardín. Pero es muy probable que encuentre allí a mi hijo, disfrazado de batman, llevando a su hermana amarrada del cuello, y lo escuche decir con su voz dulce “esclava, métete a la piscina con ropa”. No. Si el delito lo llevo en la mirada, prefiero mirar lejos de aquí.
* La foto corresponde al film Saló, de P.P. Pasolini.

Pecados de pacotilla

Puedo pecar y salirme con la mía.
Bajo las cortinas por las noches –muy importante.
Me río del que parézcase indignar.

Puedo pecar y salirme con la mía.
Porque para mí no hay paraísos prometidos.
Está el pecado con su pequeño limbo.
Su escenografía celestial, su infierno de ravotril.
Frases como “la vida es un infierno”.
Sonrisas angelicales.
El sexo.
Que en ocasiones parece un juego de mesa.
El purgatorio de la culpa.
Y ya está.

Poemas de amor II

No sé cómo eres.
Sueño acercarme a ese nudo donde te imagino.
Sueño desatarlo lentamente con caricias y palabras.

Despierto antes de tener en mis manos la cuerda de ese cómo.
Astuta, despierto antes de haber abortado la ilusión.

miércoles, agosto 03, 2005

Masoquista

Nunca me habían golpeado. El primero en hacerlo fue un hombre al que apenas conocía. Comenzó por una bofetada que no me hizo ni cosquillas. Lo miré a los ojos, desafiante, y le dije: “más fuerte”. Volvió a golpearme, esta vez con mayor intensidad. Con los dientes apretados y la voz endurecida, le dije “mucho más fuerte”. Por fin entendió a lo que me refería; me dio entonces un golpe tan fuerte que me arrojó al suelo. Desde el suelo lo miré con una expresión que hoy conozco muy bien, mezcla entre vulnerabilidad y orgullo. Me levantó cogiéndome de un brazo y me dijo que debía mantenerme en pie. Volvió a golpearme. Esta vez estuve a punto de perder el equilibrio pero resistí el embate. Sentía un escozor donde había estado su mano. Sentía que se me mojaban los calzones. Volví a levantar la mirada. No tenía miedo en absoluto: sólo esperaba que aquel hombre se atreviera a golpearme nuevamente. Lo hizo. Una y otra vez hasta dejarme incapacitada para estar de pie. Mi inmensa capacidad para el goce parecía desconcertarlo. Quería verme sufrir y sólo lograba convertirse en esclavo de mi capricho masoquista. Mientras más le pedía, más se desdibujaba el control que pretendía tener sobre la situación. De pronto, vi que la furia se apoderaba de su gesto y cerrando el puño lo dejaba caer sobre mi rostro. Sentí la sangre escurrir por mis narices. Había logrado mi propósito. Tenía los ojos desorbitados y le temblaban las venas del cogote. Comprendí que debía tranquilizarlo. Con la cara bañada de sangre, le dije, con la voz más dulce de la que fui capaz: “lo has hecho muy bien, amor, descansa” y le abrí la cremallera en señal de agradecimiento.

domingo, julio 31, 2005

Espejito, espejito, ¿es mi Blog el más bonito?

El Flaco me dice que oriente mi voluntad hacia la comunicación. Que escriba frases provocativas, ingeniosas, preguntas. Que facilite el trabajo de comentaristas y me asegure un número mínimo de lectores. Que asuma las particularidades del medio. Que si no para qué. Le contesto que uso este rincón como un cuaderno de notas. Que, claro, me interesan los voyeurs, pero no de la forma en que él imagina. Que cualquier espejito me sirve.

Sin embargo quedo con la inquietud.

¿Qué opina Usted?

a) El Flaco es un bobo
b) Catalina es una boba
c) Josefa es una boba
d) sólo a y b
e) sólo b y c
f) a, b y c
g) ninguna de las anteriores

Fragmento de David Foster Wallace

La excitación es intensa pero no específicamente genital. Yo me desnudo de forma simplemente práctica. Ni ceremoniosa ni apresurada. Irradio autoridad. Unas cuantas pollitas se rajan por el camino, pero muy, muy pocas. Las que se quieren ir, se van. El encierro es muy abstracto. Las cintas son de satén negro, compradas por catálogo. A medida que se someten a cada orden y a cada petición yo respondo con frases de reafirmación positiva, como, por ejemplo, Bien y Buena chica. Les digo que los nudos son lazos dobles y que se apretarán automáticamente si intentan resistirse o forcejear. En realidad no lo son. En realidad no existe nada que se llame lazos dobles. El momento crucial llega cuando yacen desnudas delante de mí, fuertemente atadas de las muñecas y los tobillos a los cuatro postes de la cama. Aunque ellas no lo saben, los cuatro postes son decorativos y no son macizos en absoluto y sin duda se romperían si ellas forcejearan para liberarse. Les digo: Ahora estás totalmente en mi poder. Las recuerdo allí desnudas y atadas a los postes de la cama, abiertas de brazos y piernas. Yo estoy de pie, desnudo, a los pies de la cama. Luego cambio deliberadamente la expresión de la cara y pregunto: ¿Tienes miedo? Dependiendo de cuál sea su actitud en esos momentos, a veces cambio la pregunta: ¿No tienes miedo? Ese es el momento crucial. Es el momento de la verdad [...] El clímax es la reacción del sujeto a esta frase. Al ¿Tienes miedo? Lo que hace falta es un reconocimiento doble. Ella tiene que reconocer que en esos momentos está totalmente en mi poder. Y también tiene que decirme que confía en mí. Tiene que decirme que no tiene miedo de que yo la traicione o abuse del poder que ella me ha cedido. La excitación alcanza su cota máxima durante esta conversación y entra en un clímax prolongado que dura exactamente todo el tiempo que a mí me cuesta hacerle admitir todas esas cosas. [...] Es entonces cuando lloro [...] Me acuesto al lado de ellas y les explico los orígenes psicológicos del juego y las necesidades que satisface en mí. Les abro el interior más profundo de mi psique y les pido compasión. Es muy raro el sujeto que no se queda muy, pero muy conmovido. Me reconfortan lo mejor que pueden, teniendo en cuenta que están limitadas por las ataduras que yo les he aplicado.

*El fragmento corresponde a la historia "E. B. n' 48, VIII-1997, Appleton, Wisconsin", publicada en David Foster Wallace, Entrevistas con hombres repulsivos, Edit. Mondadori, Barcelona, 2001.

viernes, julio 29, 2005

Otro texto de Fernando Pessoa

Autopsicografía

El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que hasta finge que es dolor
el dolor que en verdad siente.

Y quienes leen lo que escribe,
sienten, en el dolor leído,
no los dos que el poeta vive
sino aquél que no han tenido.

Y así va por su camino,
distrayendo a la razón,
ese tren sin real destino
que se llama corazón.

Se busca rincón oscuro

Mi mamá y yo nos quedábamos solas y dormíamos juntas en la cama grande. Jugábamos entonces a meternos enteras bajo las sábanas, y así, calentitas y tomadas de las manos, imaginábamos que la cama era un barco en el que estábamos a salvo mientras afuera se libraba feroz una tormenta. Había algo delicioso en este juego, de útero protegido, de micromundo separado, de lugar secreto para un encuentro tibio. Levantar las mantas y dejar entrar la luz era el fin del juego. Su encanto habitaba en las penumbras.

*La fotografía es de Paz Errázuriz.

jueves, julio 28, 2005

El cómplice

Me crucifican y yo debo ser la cruz y los clavos.
Me tienden la copa y yo debo ser la cicuta.
Me engañan y yo debo ser la mentira.
Me incendian y yo debo ser el infierno.
Debo alabar y agradecer cada instante del tiempo.
Mi alimento es todas las cosas.
El peso preciso del universo, la humillación, el júbilo.
Debo justificar lo que me hiere.
No importa mi ventura o mi desventura.
J. L. Borges.

miércoles, julio 27, 2005

Y eso fue todo

Hago como tú y sintiéndome despreciada te desprecio. No te conozco. No existes y nunca has existido. Creo que conversaba con fantasmas, mis fantasmas. ¿Para qué cresta seguir intentando prolongarse hacia otro cuando el abismo no para de ensancharse? Vaya aventura estúpida, ¿no es cierto? Ya no puedo ver dulzura alguna más que como pura y santa estupidez. Entonces para qué. Ya no te quiero y no lo hago porque no te reconozco. Creo que fuiste un espejismo, nada más. Empezaré por borrar todas nuestras cartas y luego olvidar será sencillo. No habrá nada que olvidar en realidad. En parte alguna ocurrió la nada misma y nadie vio. Creo que tuve un sueño y desperté. Pero ese sueño se me vuelve borroso y ya no sé lo que soñé. Al tú lo transformo en él y a ese él, nada. Da lo mismo. Ese él eran puras palabritas puestas a girar en internet.

martes, julio 26, 2005

La mudita


Un hombre que piensa todo el día en hundirse en mi cuerpo me dice que nunca más, pero nunca más, vuelva a mencionar a su hijo. Agrega que cada día cree con mayor intensidad en “el poder de la palabra”, poder maldito. La lógica es la siguiente: yo, bruja por mi osadía de buscar la voluptuosidad, involucraré a mi amante en un halo turbio que lo hará olvidar incluso su amor de padre, tranquilizador reducto del deber cumplido. Y ese poder mío obrará por medio de la voz.

* La animación corresponde a la artista palestina Mona Hatoum.

Editando la propia biografía: Tarnation

Anoche vi un documental que me hizo pensar en mi manía autorreferente, en esta suerte de voluntad de autopromoción que moviliza desde las propias intenciones a la blogósfera. Se trata de Tarnation, filmada, editada y dirigida por Jonathan Caouette. Jonathan tiene 32 años -la edad mía- y se ha pasado los últimos 24 registrando su propia vida de diferentes formas.
Antes de cumplir seis años, Jonathan fue abandonado por su padre, huyó con su madre diagnosticada de esquizofrenia a vagar por los Estados Unidos, presenció cómo ella era violada, fue separado de su madre y puesto en casas de cuidado donde sus padres adoptivos abusaron de él en forma sistemática y, finalmente, fue adoptado por sus abuelos, los mismos a quienes culpa por la enfermedad de su mamá.
De ahí en adelante la historia de Jonathan es la de un niño, y luego un hombre, aterrado de su propia mente y de la posibilidad de la locura.
Tarnation cuenta esta vida, desde la perspectiva muy peculiar de quien la ha vivido, a través de filmaciones de video, cintas de audio, fotografías, registros de su máquina contestadora, etcétera.
Todos esos pequeños registros que van quedando de cualquier existencia moderna son puestos por el autor (personaje) al servicio de la historia que le interesa transmitir, la que lo hace amarse a sí mismo, con lástima, pero también con indulgencia y ternura.
Los horrores padecidos por su madre, el patetismo desquiciado de sus abuelos, sus propios -semanales- intentos de suicidio, sus novios y el sexo grupal, sus fantasías de grandeza, de singularidad, de fama, son la materia prima de sus registros. Enlazados con influencia del cine underground, Jonathan va construyendo una épica de sí mismo.
Es autorreferente y exhibicionista, es cierto, también autocompasivo, melodramático y masoquista. Pone el dedo en su propia llaga sin descanso, lo vemos humillarse frente al ojo sádico de la cámara. Convierte su vida en un set y a quienes lo rodean en personajes secundarios de su historia. Hace de su experiencia un ejemplo, de su locura un fetiche.
La ternura y la compasión hacia sí mismo, el amor por su novio y por su madre, permiten que lo que durante la mayor parte de la historia ha sido la narración de una caída se detenga hacia el final. Y que, como personaje, Jonathan se salve. Cae su madre, caen sus abuelos, la justicia, la salud mental norteamericanas, cae la televisión. Pero el protagonista no. He stands up and deliver, en un ejemplo notable de superación personal.
Cabe preguntarse si el autor también se ve afectado por esta suerte de redención. Si la narración de la experiencia, la posibilidad de su transmisión, dota de un sentido al sufrimiento padecido. Si abre nuevas perspectivas, proyecciones. Si, como de un ambiente terapéutico se tratara, permite comprender y superar.
Cabe preguntarse si el ejercicio de edición y los ojos espejeantes de los espectadores amplían o no el espacio para actuar.
Me pregunto qué diferencia haría que el personaje no fuese redimido. Que no existiera esta salvación moral, amorosa, como piedra de toque del relato.
Pienso que en ese caso los espectadores nos veríamos mucho más exigidos y seríamos también más exigentes. Algunos se enfrentarían a un goce morboso tal vez incómodo. Muchos se preguntarían qué hace que el ejercicio de reeditar una vida de mierda, sin moralejas de resiliencia de por medio, valga la pena.
Como estética la decadencia está agotada, sólo quedan sus ecos balbuceantes. En blogs, en poesía inpublicable, en conversaciones trasnochadas y letras de canciones. Esta convicción parece encarnar el punk cristiano de Jonathan Caouette.

lunes, julio 25, 2005

Poemas de amor I


Cayendo por un abismo abierto en mí
me aferro a una superstición
de rostro humano
y le pido que resista unos momentos antes de abandonarme a mi suerte.

Drag Love


A Pancho lo conocí hace 15 años en la fiesta de La Tirana.

El andaba con una vieja estúpida y loca, la G.C., cuyas únicas gracias eran su abultada -pero abultadísima- billetera, su ropero delirante y su cinismo para referir al poder que el dinero le otorgaba. Para ese entonces Pancho vivía de allegado en su casa, lo cual significa que vivía como un rey y como una esclavo de la corte. Bueno, el asunto es que viajaba con esta señora y con otra de sus protegidas, la bella pero muda y siempre ebria L.C.. Yo viajaba con tres compañeros de la secundaria, todos hombres, todos guapos. El Panchito, que se aburría con sus acompañantes, no dudó un segundo en acercarse. Dejó el hotel que pagaba la vieja loca y se fue a vivir a nuestra carpa. Nuestros ojos adolescentes fascinados con el genio del Panchito: todo el día puro juego. Viajamos por el norte este grupo estrambótico. Cada pueblo al que llegábamos, la G.C. trataba de comprar. Tiraba sus diamantes sobre la mesa y decía "cuánto vale", mientras L.C. dormía su sueño triste y nosotros nos hundíamos en una amistad sin vuelta atrás.

Invitación al ridículo

Por Mircea Eliade
Todo acto que no sea ridículo, en mayor o menor medida, es un acto muerto. Esto se verifica en la más cotidiana y banal vida social. Cuando uno toma té en un salón y vuelve a colocar tranquilamente la taza en su sitio, realiza un acto perfecto, un acto muerto, pues no hay consecuencias ni en su conciencia ni en la de los demás. Pero ¡deja caer la taza al suelo derramando té en la falda de una señorita que habla francés y pídele excusas tartamudeando mientras tratas de borrar la metedura de pata secando el parquet con el pañuelo de batista! Por un instante eres ridículo, pura y simplemente ridículo.
De pronto, el acto se llena de innumerables virtualidades. Lo estás pasando mal y en ese instante de turbación y de pánico comprendes que tu vida es inútil, que la de los demás está vacía, que eres un mono grotesco bien vestido y perfectamente arreglado en un salón adonde se va a perder el tiempo, adonde se va empujado por el miedo hacia la soledad, por atracción hacia las vacuidades.Toda una filosofía a partir de una taza de té rota por descuido.
¡Y eso no es nada!, porque sólo has sido ridículo en una mínima proporción. Ve a decirles a la cara lo que piensas de su té, que en el fondo es lo que piensa todo ser dotado de razón, diles francamente que están perdiendo el tiempo, que se están engañando, que llevan una vida artificial, fáctica, inútil. Diles todo eso y dilo con pasión. Entonces serás realmente ridículo, entonces la gente se burlará de ti, entonces comprenderás que no puedes vivir tu vida sin ser ridículo.
Porque el ridículo se resume en esto: vivir tu vida, desnuda, inmediatamente, rechazando las supersticiones, las convenciones y los dogmas. Cuanto más personales somos, más nos identificamos con nuestras intenciones, mas coinciden nuestros actos con nuestras ideas, y más ridículos somos.
El ridículo es una fórmula lanzada por los hombres contra la sinceridad. No existe acto humano sincero que no sea ridículo. Lo que el amor tiene realmente de exaltante consiste en haber logrado suprimir el ridículo entre dos seres, suprimir la censura aplicada de un modo maquinal a su sinceridad. El amor sólo es ridículo para una tercera persona. [...]
Sólo el ridículo merece ser imitado. Pues imitando el ridículo imitamos la vida; entraña en efecto, la absoluta y completa sinceridad de la vida, y no las ideas fijas y convenciones que son las caras de la muerte. Y en cuanto a la muerte, bien sabe Dios que ya bastante la encontramos en todos nosotros.

domingo, julio 24, 2005

Dicen de mí

Que todo me lo tomo seriamente,
que soy cínica, incapaz de pensar con seriedad.
Infantil me han llamado muchas veces,
también nacida en la tercera edad.
Me han llamado fea,
también muy bonita.
Me han mirado con asco, con indiferencia y con deseo.
Sé que hay muchos que me creen lista,
astuta
o incluso muy inteligente.
También hay quienes me consideran tonta
o, peor aún, medio tonta.
Me han llamado loca y sensata,
dominda por las emociones
y extremadamente fría y racional.
Hay quienes me consideran alegre y ligera.
Otros me ven como un monstruo neurótico,
incapaz de estar en paz.
Algunos me consideran poco menos que una santa.
También hay quienes, sin exagerar,
me han llamado arpía despiadada.
Que tengo poco culo o un culo inmenso,
que mis ojos son los más lindos del mundo
o saltones como los de un guarisapo,
que soy dulce y que soy fría,
que soy un bollo, un marimacho,
o el súmum de la femineidad.
Me han llamado puta, por supuesto,
me preocuparía si no fuese así.
Me han visto como a una perra en celo,
voluptuosa, hambrienta, deseante;
también como a un cubo de hielo,
frígida, incapaz de disfrutar.
Dependiendo de la perspectiva,
soy una niña que no sabe qué es la vida
o una vieja ya sin vuelta atrás.
Amarilla, de derechas, neoliberal
o anarquista, comunista y revolucionaria.
Pragmática e idealista,
ingenua y no.
Parece un milagro que nadie me haya asociado con la Iglesia,
aunque más de alguna vez me han echado en cara "cristianismo".
Alta y baja me han llamado,
gorda y flaca.
Me han dicho que mis dientes son perfectos
y que me urge un tratamiento de ortodoncia.
Cuica, fresa, elegantísima;
rota, naca, una atorrante.
Equilibrada, sensata y saludable;
desquiciada, enferma y drogadicta.
Tierna, dulce, tan sensible;
una maldita bruja
egoísta y desalmada.
Hay quienes me consideran escritora,
poeta, cronista o narradora.
Otros dirán que eso no es más que un disparate,
delirio de mentes iletradas.
Unos me llaman culta,
piensan que he leído tanto.
Otros piensan que mi problema
es que me falta tanto por leer.
Unos dicen que siempre miento,
otros que siempre digo la verdad.
Me lo han dicho,
nada de esto es un invento.
Me han admirado y también me han despreciado.
Me han visto con más o menos compasión.
Conservadora o vanguardista,
buena o mala madre,
floja o sacrificada,
serena o ansiosa,
trágica, cómica o tragicómica,
que es como llamarle a una patética,
aunque también me han llamado patética,
cono todas sus letras, tal cual.
Divertida
o capaz de matar de aburrimiento.
Esto último no me lo han dicho
pero me lo han hecho sentir.
Suertuda o desafortunada,
rica o pobre:
me han compadecido y me han envidiado por igual.
Si tengo buen gusto o un gusto horrible
depende, claro está, del gusto de los otros.
Me han dicho que por amar tan intensamente asusto,
y también que soy incapaz de amar.

sábado, julio 23, 2005

Linkiando

Hace menos de una semana conocía yo los blogs sólo de oídas. Bueno, eso no es tan cierto, participaba en un par de ellos antes de eso. Pero no me había percatado de la magnitud del fenómeno. Y, a decir verdad, creo que difícilmente lo haré alguna vez. Porque cambia a la velocidad del rayo, cambian las coordenadas que lo determinan, aparecen cada día cientos de miles de nuevos links. Por ahí he leído de bloglines, que dejarían huellas de navegación que permitirían luego volver sobre los pasos a recuperar lo perdido. Recuerdo a Funes, el memorioso: lo visto está ahí como un inmenso territorio sin sentido. Pienso que debo renunciar a la idea de organizar la información, de archivarla. Mi carpeta de favoritos compite con la guía telefónica. Y no porque cada sitio que visite sea tan estupendo, ojalá fuera así, sino porque podría serlo, quién sabe, pero me fui antes de alcanzar a enterarme. Tentada por una pinche palabrita subrayada. ¿Debo simplemente dejarme llevar por las aguas?
Pero en ese caso, ¿no será como fumar opio, pensando y olvidando lo pensado?
Bah. lo cierto es que sé que éstas son aprensiones trasnochadas. Ya me estoy contagiando del estilo más precario de escritura online, la anónima y verborreica, la que todo lo pone entre comillas, la que no quiere hacerse cargo de lo dicho. Muy probablemente en una semana más tendré alguna idea de lo que puedo aprovechar y lo que no. No me refiero a qué sitios, a qué escrituras, si no a cómo conectar mis propios impulsos a los de otros habiendo ganado recursos y no perdido el tiempo de la manera más feroz.

Arte y utopía


El progreso como utopía de la modernidad
“Soy el afán” Mefistófeles.
Si entendemos al conjunto de la época moderna como un paradigma[1], entonces debemos reconocer que en el centro de aquél opera la ideología del progreso. “La clave de la Modernidad es la certeza de que el futuro será mejor que el pasado y el presente, la certeza de que el futuro más o menos lejano coincide con la plenitud”[2]. Si bien la idea de progreso está también presente en la base del pensamiento cristiano, en la modernidad adquiere un nuevo sentido, convirtiéndose en la principal fuerza articuladora de sus discursos y sus prácticas.
Desde el renacimiento italiano, la Razón comienza a ser comprendida como la única manera confiable de conocer el mundo. Rápidamente, la modernidad fue sumándole funciones, hasta permitirle penetrar incluso en los terrenos de la religión y la psiquis humana.
El valor ilimitado que se le otorgó a la Razón no era abstracto y desinteresado. Al contrario, de ella se esperaba nada menos que el progreso de la humanidad. Se pensaba que, a través de la Razón y del método científico, la humanidad podría acercarse a la Verdad de manera progresiva. A través de la Razón, el hombre conseguiría su libertad, liberándose fundamentalmente de la opresión del sinsentido. Desde la Ilustración, se pensó incluso que el gobierno de la Razón permitiría zanjar las desigualdades y suprimir las injusticias sociales.
Utopía es aquel “no lugar” al que aspiran los pueblos. La ideología del progreso es la convicción de que a través de la Razón y la técnica avanzaremos infinitamente hacia la utopía. Pero, al ser ésta un “no lugar”, estaremos persiguiendo una ilusión. Verdadera ilusión trascendental a la luz de la cual todo lo imposible se vuelve posible. La ciencia empírica tiene un término propio para esta ilusión: lo “posible en principio”. Así, por ejemplo, la inmortalidad del hombre es imposible, pero posible en principio a través del progreso ilimitado de la ciencia médica[3]. En suma, la Razón es el eje en torno al cual gira todo el pensamiento utópico de la modernidad y el mito del progreso ilimitado está en el corazón mismo de las ciencias.
La racionalidad científica implica una confianza básica en la capacidad de la Razón formal para resolver problemas prácticos. Parece sensato, por lo tanto, pretender “modelar la sociedad según criterios derivados de algunas leyes sociales, cuya consideración permite proyectar una sociedad futura y pensarla en función de una ordenación adecuada de tales relaciones”[4] Hasta la Edad Media, el orden del mundo era algo sagrado que no se podía violar y, si ésta norma era transgredida, podían esperarse horribles represalias. Pero desde la Edad Moderna, la hybris[5], el desafío del hombre al orden del mundo y a sus propios límites, se transforma en el motor de un desarrollo vertiginoso e imparable. La humanidad “conecta sus impulsos (…) con las fuerzas económicas, sociales y culturales que mueven al mundo, aprende a destruir y a construir”[6]. Guiado por la visión de puertos y canales, comercio a gran escala, agricultura intensiva, fuerza hidráulica, nuevas industrias y ciudades, comienza el hombre moderno una violenta transformación del mundo. Pero la utopía del progreso no contempla únicamente un desarrollo tecnológico y económico ilimitado, sino que además, la posibilidad de la participación de todos en los frutos de ese desarrollo.

Crisis de la utopía del progreso
“Lo más precioso y elevado que podía obtener la humanidad lo consiguió por un crimen, y tuvo que aceptar todo el torrente de males y de tormentos que la cólera de los inmortales debía infligir sobre la raza humana.” F. Nietzsche
El siglo XX nos muestra el lado oscuro de la utopía del progreso: Se suceden las dos guerras más cruentas de las que se tuviese memoria. Los grandes centros económicos aparecen rodeados de anillos de miseria. La sobrepoblación de los asentamientos urbanos, la devastación de los recursos naturales y la contaminación del aire y de las aguas tienen a la ecología planetaria al borde del colapso. Las crisis económicas globalizadas, violentas y repentinas, crean la sensación de que la normalidad es vivida sobre hielo frágil. África se muere de SIDA y las guerras se han transformado en un espectáculo mediático.
No es raro que este estado de cosas genere sospechas sobre los discursos de la modernidad. La época posmoderna ha sido caracterizada por Jean Francois Lyotard como la crisis de los metarrelatos de la Edad Moderna[7]. Lyotard señala cuatro principales metarrelatos: la Razón (con mayúscula), el progreso, el proyecto emancipador y el proyecto democratizador. La tesis central es que la Razón, tal como había sido concebida por el discurso moderno, se ha vuelto contra la idea occidental de libertad. Al concebirse sólo una Razón, la que el Estado y las instituciones admitían, las otras razones, las que escapaban a esa Razón regidora, quedaban marginadas del sistema. La razón (en minúscula) no era una, sino muchas, y sólo era posible hablar de libertad en la medida en que se admitiera esa multiplicidad.
Como ya hemos dicho, la Razón (en mayúscula) fue durante la Edad Moderna el principal sustento de la idea de progreso. Por esto no es de extrañar que, una vez colapsada la confianza en la Razón, la utopía del progreso cayera por su propio peso.
En nuestra época, si bien sigue existiendo un desarrollo acelerado y una tentación irreprimible por acumular riquezas, controlar la naturaleza y ampliar el conocimiento, existe también una sospecha generalizada acerca de que este desarrollo signifique realmente un progreso, en términos cualitativos.
No solamente se ha vinculado la Razón a la barbarie de regímenes como los de Adolf Hitler o José Stalin, o a la sinrazón de la explotación desmesurada de los recursos naturales, también la utopía del progreso ha sido minada desde la epistemología y la historia de las ciencias.


La Batalla de San Romano y la violencia utópica
“Todo acto de cultura tiene un subsuelo cruel, es el final bello de lo terrible” R. Safranski
En la Batalla de San Romano, de Paolo Ucello, se expresan una serie de características que hacen del arte renacentista un arte paradigmáticamente moderno: la pretensión de exactitud, consecuencia de la generalización del método matemático; la exploración de la perspectiva, como intención de integrar todo un fenómeno perceptivo en un orden espacial racional; el dinamismo, como valor de la modernidad y crítica a la inmovilidad de las sociedades tradicionales; la mimesis corregida, como afán de superar la realidad a través de la Razón.
La pintura de Ucello revela la confianza en la capacidad de la Razón para conocer, representar y corregir la realidad. Confianza que, como ya hemos dicho, está en la base de la ideología del progreso.
La batalla que se pelea entre florentinos y sieneses ha sido desencadenada por razones modernas, no por misiones espirituales: sus banderas ya no son las banderas de la religión; en ella se manifiesta el despliegue de la Razón en la historia.
Se revela, de este modo, la temprana alianza que se da en la modernidad entre racionalismo y justificación de la guerra como instrumento para el progreso de la humanidad.
Todo acto de violencia a través de la historia ha sido justificado ideológicamente. Sin embargo, la justificación racional de la violencia ha resultado en revoluciones y guerras más feroces aún que aquellas fundamentadas en la doctrina justa o la guerra santa. No sólo la industria bélica ha desarrollado tecnologías a una velocidad vertiginosa, sino que el corazón mismo de la racionalidad científica parece ser agresivo y dogmático.
Una observación aparte merece la manera en que este cuadro se enmarca, a pesar de su dinamismo y expresividad, en el carácter apolíneo del arte del renacimiento[10]. Apolo es el dios de la luz, de las formas que dan límites a las cosas y las hacen aparecer como individuos distintos a los demás. Apolo, con sus leyes armónicas, es la fuerza ordenadora del mundo, es el principio del orden y la mesura. Ante el sufrimiento de la vida, Apolo redime el dolor por la belleza. En este sentido es posible comprender por qué Paolo Ucello trabaja la temática de la violencia de acuerdo a las mismas normas que los teóricos del arte de su época proponían para la creación de la belleza: al estetizar la guerra, la libera de su carga de dolor y de barbarie.

El consumo como utopía neoliberal
“Libres de elegir” M. Friedman
Ya hemos visto cómo, a comienzos del siglo XX, entra en crisis la utopía del progreso. Rápidamente, la crítica se extiende al pensamiento utópico en general y se manifiesta un discurso decididamente antiutópico. Escuchemos a uno de los más brillantes exponentes de este discurso: “una planificación social utópica es un fuego fatuo de grandes dimensiones, que nos atrae al pantano. La hybris que nos mueve a intentar realizar el cielo en la tierra, nos seduce a transformar la tierra en un infierno, infierno como solamente lo pueden realizar unos hombres contra otros[11]
Sin embargo, el pensamiento utópico está profundamente arraigado en el ser humano y en el propio discurso antiutópico es posible percibir que la antiutopía es, en si misma, una nueva forma de utopía. “Todo pensamiento social contemporáneo contiene tanto críticas como elaboraciones y reelaboraciones de utopías. Incluso existe la utopía de una sociedad sin utopías; una utopía que ya Dante vinculó con el infierno: “Ah, los que entráis, dejad toda esperanza”[12].
Hinkelammert relaciona el pensamiento antiutópico a una alianza entre neoliberalismo y neoconservadurismo. Afirma que lo que se propone es cambiar el orgullo utópico (hybris) por la humildad del consumidor y a la Razón de los humanistas por el mercado. Al respecto, escuchemos lo que dice el premio Nóbel de economía Friederich Hayek: “La Razón no existe como singular, como algo dado a la persona particular (…) sino que hay que entenderla como un proceso interpersonal en el cual el aporte de cada uno es controlado y corregido por otros.[13]” La Razón (nuevamente con mayúscula) es una fuerza superior, trascendente y milagrosa ante la cual el hombre sólo puede callar, reconocer y adorar.
Sea como fuere, la crisis de la utopía del progreso no ha significado, como algunos pretenden, el fin de las utopías, sino más bien ha abierto paso a una escena que Gianni Vattimo ha llamado heterotópica[14]. Su evidente complicidad con el poder económico y político hace que, dentro de esta escena, la utopía del consumo tenga un rol hegemónico.

El Kitsch y la celebración del mercado
“Todo acto de cultura es también un documento de barbarie” W. Benjamin.
La definición clásica de kitsch la encontramos en Abraham Moles: un estilo fundado en la ausencia de estilo y en la acumulación ostentosa de lo falso[15]. No hasta hace demasiado tiempo, lo kitsch era despreciado por todo público culto por banal, excesivo, de mal gusto.
Sin embargo, la teoría y el arte posmodernos hacen una abierta crítica a los códigos colectivos rígidos que operan tras los criterios del gusto. Promueven el desvanecimiento de la frontera entre alta cultura y cultura de masas, de la cual el modernismo fue el momento cúlmine. Materiales propios de la industria cultural (como el kitsch, la publicidad o la paraliteratura) no sólo son citados por artistas sino que son elevados a la categoría misma de arte[16].
La utopía neoliberal del consumo supone que el hombre no tiene necesidades sino solamente gustos. En este enfoque, lo central no es satisfacer, por ejemplo, las necesidades de alimentación, sino únicamente preferir (la carne al pescado, la canela al anís, etc.). En el corazón de esta utopía existe una nueva concepción de libertad: libertad para elegir, como señala Milton Friedman. La práctica de esta libertad ha permitido el despliegue de una enorme variedad de posibilidades combinatorias, entre las cuales se elige más para darse un gusto que atendiendo a los códigos que normaban las jerarquías estéticas, basadas en último término en jerarquías de clase[17].
Así, la utopía del consumo es hedonista. Apolo ha sido vencido por Dionisio[18]. Dionisio es el dios de la embriaguez, de la fiesta y del entusiasmo sin medida. Dionisio es bullicioso y delirante, es el dios de la sobreabundancia de la vida, de la desmesura de la naturaleza, del éxtasis. Frente al artista apolíneo que dirige su anhelo a la forma, la estética dionisíaca exalta la actividad, actividad común a todas cosas y en la que se funde.
El arte kitsch se funde y se confunde con la actividad económica. La producción estética se ha integrado a la producción general de bienes[19]. La seducción de los objetos produce un encantamiento colectivo que se traduce en la pasión por el consumo[20].
Frente a la violencia y el sufrimiento, Dionisio responde con la pasión, la euforia, la danza y la embriaguez extrema. Pero no debemos olvidar que, bajo el patchwork abigarrado del kitsch, hay armas de guerra más feroces que las utilizadas en la Batalla de San Romano.

Notas

[1] Thomas Kuhn define paradigma como “una constelación de conceptos, valores, percepciones y prácticas compartidas por una comunidad, que conforman la visión particular de la realidad que está en la base de la forma en que aquella comunidad se organiza a sí misma”. En T. Kuhn, http://www.emory.edu/EDUCATION/mfp/Kuhn.html
[2] J. Ballesteros, Posmodernidad: decadencia o resistencia, Editorial Tecnos, Medrid, 1990, pp. 35-36.
[3] A este respecto ver: F. Hinkelammert, Crítica de la Razón Utópica, Colección Economía-Teología, Departamento Ecuménico de Investigaciones, 1884, San José.
[4] Ibíd., p. 21.
[5] Término griego que significa la terrible ofensa contra los dioses de no pensar humanamente y aspirar a lo más alto. Al respecto, ver W. Jaeger, Paideia, Fondo de Cultura Económica, 1980, p.237.
[6] M.Berman, Todo lo Sólido se Desvanece en el Aire, Editorial Siglo XXI, 1988, p. 53.
[7] Ver J. F. Lyotard, La Condición Posmoderna, Cátedra, Madrid, 1998.
[11] K. Popper, Das Elend des Historizismus, Tubingen, 1974, p. VIII.
[12] F. Hinkelammert, op.cit., p. 13.
[13] F. Hayek, La Pretensión del Conocimiento, Unión Editorial, Madrid, 1976, p. 23.
[14] Al respecto ver: G.Vattimo, Nihilismo y hermenéutica en la cultura posmoderna, Editorial Gedisa, Barcelona, 1990.
[15] Ver A. Moles, El Kitsch. Cabe señalar que cuando nos referimos al kitsch lo distinguimos del arte camp, su versión irónica y crítica.
[16] A este respecto ver: F. Jameson, Ensayos sobre posmodernismo.
[17] Ver G. Lipovetsky, La era del vacío.
[18] Sobre las manifestaciones dionisíacas en el arte, ver: F. Nietzsche, op.cit..
[19] Ver F. Jameson, op.cit.
[20] Ver J. Baudrillard, La seducción, Ediciones Cátedra, Madrid, 1986.

* La imagen es de los artistas franceses Pierre et Gilles.

viernes, julio 22, 2005

Rodrigo Anfruns

Hace unos días he leído el libro Rodrigo Anfruns: Una verdad pendiente, de la periodista Soledad Pino. He llorado de principio a fin y he quedado 5 días con migraña. Y no porque el libro sea melodramático. No lo es. Más bien porque la historia que relata es dramática y porque nos sitúa en un contexto de impunidad indignante.

Se trata de la historia de Rodrigo Anfruns, un niño de seis años que en 1979 fue secuestrado en Santiago de Chile por la CNI, torturado durante dos semanas y asesinado. Su cadaver maltrecho fue arrojado en un sitio baldío. Los padres del niño no eran militantes de izquierda; su abuelo era un coronel de ejército y su tío funcionario de la CNI.

Los crímenes contra niños son siempre horrososos. Pero más horrorosa aún resulta la forma en que diversos organismos del Estado de Chile (las distintas policías, los tribunales de justicia, el Servicio Médico Legal, etc) encubrieron a los verdaderos culpables y permitieron se condenara por los delitos a otro niño, a todas luces inocente (Patricio Pincheira, de entonces 16 años), para evitar se destapara un escándalo vinculado al tráfico de armas.

Tanto la familia de Rodrigo Anfruns, como la de Patricio Pincheira, merecen la aclaración de los hechos y un gesto de reparación por parte del Estado. El resto de nosotros también, porque cuando se daña con semejante brutalidad a una sola persona, el tejido social resulta también dañado.

A raíz de los nuevos antecedentes aportados por la investigación de Soledad Pino, la madre de Rodrigo presentó una nueva querella ante los Tribunales de Justicia. Si bien la corte ya determinó la invalidez de las pruebas que llevaron a a culpar a Pincheira, el juicio lleva más de un año y aún no hay procesados.


Arte en el lugar de la pobreza

Una vez que Zapallo tuvo que desafiliarse de las Juventudes Comunistas (porque ya no era lo suficientemente joven o porque ya no era lo suficientemente comunista) comenzó una verdadera militancia en la cultura artística local: mesas redondas, reuniones, manifiestos, inauguraciones, caminatas, lanzamientos, cuotas para esto y lo de más allá y una intensa lectura de catálogos. No porque fuera un productor de obras de arte, si no porque era un diletante, artista por contigüidad con los artistas.

Ella lloró porque no se acostumbraba a ese barrio pobre donde morían personas desangradas en la puerta de su casa. Se desesperó por cosas de madre: la calidad de los jardines infantiles, la cantidad de horas que los niños del barrio pasan frente al televisor, ese tipo de cosas. “¿No será mejor arrendar un departamento en el centro, Zapallito?” Pero Zapallo había nacido en esa casa y dejarla para ir a vivir a un barrio más cómodo hubiera significado una penosa traición a sus principios.

Por esas cosas de la pasión y de los esfuerzos inútiles, a todas luces excéntricos, se le ocurrió que en vez de desplazarse ellos hacia el centro, debían llevar el centro al patio de su casa. Y de esta manera comenzó el extraño proyecto de instalar una galería de arte. Juntó peso por peso almorzando completos, veraneando en la plaza y caminando kilómetros para ahorrarse las monedas de la micro.

Ella no sólo se vio obligada a hacer lo mismo sino que además tuvo que ponerse a lavar ropa a mano una vez que su lavadora dejó de funcionar. Pero finalmente la pasión se le pegó como el Sida: de una vez y para siempre. “Construiremos una galería de arte aquí en el patio de nuestra casa, traeremos obras contemporáneas y experimentales, obras de artistas jóvenes, invitaremos a críticos, curadores, profesores, artistas y diletantes; y a los vecinos también. A los vecinos de la junta de vecinos y a los de la radio libre, al alcalde y a los concejales, a los del canal de televisión de La Victoria y a las señoras del Centro de Madres... a todos los que quieran venir. Después veremos qué pasa.”

Tuvieron que quebrar el chanchito y gastarse los ahorros. Tuvieron que mendigarle al Fondart y prometerle al Estado que su proyecto serviría. Tuvieron que usar todas las formas de persuasión imaginables para convencer a personas disímiles de que martillaran, pintaran, diseñaran, escribieran y cocinaran gratis. Tuvieron que hacer malabarismos con la economía doméstica y trabajar como locos. Pero finalmente inauguraron su galería.

El lugar

Son 50 o 60 metros cuadrados con muros y techo de zinc. Espacio precario, de iluminación barata y piso de cemento desigual, contrastante con la estética de vitrina de las galerías de arte comerciales. No quisieron parecerse a ellas pero tampoco hubo un gesto de apelación a la pobreza, simplemente fueron pobres, construyeron como construyen los pobres, con las viejas técnicas de la autoconstrucción y el pegoteo.

Desde una mirada exterior poco diferenciaría a este galpón de arte del taller mecánico colindante sino fuera porque en su frontis hay escrito con luces rojas de neón el nombre “Galería Metropolitana”. Nombre sin duda irónico dada la marginalidad de su emplazamiento geográfico. Parodia y cita al lugar central de la metrópolis.

La Galería Metropolitana es un espacio de intersección. En ella se debaten producciones marginadas del circuito comercial de las artes, modos de difusión que recuerdan los lugares de resistencia cultural a la dictadura, lecturas contrastantes de vecinos sin familiaridad con los códigos propios de las artes contemporáneas y de críticos y artistas que parecen aplicar una plantilla para referirse a las obras.

La peregrinación del público de las artes a este barrio marginal quiebra la familiaridad del rito de exposición de obras, haciendo de este modo perceptible lo que otras veces queda invisibilizado por la costumbre: el hecho de que la cultura –su expresión culta y experimental- circula en sectores sociales y geográficos restringidos, donde las obras son leídas con extraordinaria uniformidad.

Por otra parte, para el ojo desacostumbrado de los vecinos, el lenguaje complejo e ilustrado de las obras expuestas en la Galería Metropolitana provoca un quiebre en la noción de arte modelada por la televisión y la escuela pública. Si bien es cierto que los vecinos de la Galería Metropolitana no están familiarizados con los dispositivos de lectura mínimos para la decodificación de las obras, tampoco lo están los vecinos de la Galería Animal. El arte contemporáneo con su renovación incesante, su insistencia en la cita y al mismo tiempo en la ruptura con la tradición, su ambivalencia sugestiva y su imbricado uso de los materiales, es uno de los lenguajes más extraordinariamente complejos de nuestra época.

Sin embargo, por el carácter abierto de las obras, por la manera en que se completan con la mirada del espectador, existe en ellas una invitación a la reflexión y al diálogo más que al juicio definitorio. Provocando emociones y sugiriendo ideas, desafiando nuestra capacidad de reflexión, cuestionando sus propios márgenes y los espacios restringidos en los que se las ha querido situar, las obras contemporáneas provocan la pregunta por el arte.

¿Por qué esto es arte? La misma pregunta en Pedro Aguirre Cerda que en Vitacura o Estación Central. ¿Se puede hacer arte a partir de nuestra propia experiencia cotidiana? ¿Nuestra vida y nuestras cosas también pueden ser un material? ¿Cuál es valor de todo esto?

Durante la dictadura militar se generó en Chile un arte crítico que fue capaz de simbolizar y canalizar el descontento social a través de estrategias de resistencia cultural apoyadas en la exploración de nuevos lenguajes y en la trasgresión de límites. La transición a la democracia, con su perversa insistencia en el olvido, crea un nuevo mapa para las producciones culturales y simbólicas que deja a artistas y obras resistentes a la mercantilización huérfanos de geografía imaginaria. Al mismo tiempo, el recurso de Fondart –o de otras formas de filantropía estatal- es una manera de subsistir que sitúa a los artistas en una encrucijada peligrosa para su vocación crítica.

En este contexto, la Galería Metropolitana –por su independencia y autogestión- parece ser uno de los últimos refugios para la continuación de una historia de las artes visuales en Chile que por la radicalidad de sus gestos no es funcional al mercado ni tampoco al Estado. Los artistas que en ella exponen no sólo usan la pobreza como material de trabajo sino que hacen de la pobreza su lugar de enunciación desde el momento en que renuncian a un oficio sustentable. En este sentido existe una coherencia simbólica entre la precariedad en la que la sociedad chilena sitúa al arte de vocación crítica y la inscripción de este arte en un barrio pobre.

Sin embargo, hay pobrezas y pobrezas. Los artistas que exponen en la Galería Metropolitana deben asumir el desafío de hacer arte para un público muy distinto al de las escuelas en las que se formaron y al de los circuitos de museos y bienales, sin renunciar a la complejidad y densidad de sus lenguajes. Demás está decir que esto no siempre funciona así. Hay exposiciones en las que la insistencia en la referencia académica convierte a las obras en monólogos fríos e insultantes a la sensibilidad de los vecinos.

Otras veces, en cambio, adoptan nuevas formas para reinventar el mundo en que se insertan: utilizan como materia códigos que no son ajenos al imaginario de los vecinos y sobre ellos producen pequeños –y grandes- desplazamientos semánticos. Por su propia ambigüedad hacen posible diversos tipos de lecturas para diversos tipos de lectores, tornándose sugerentes, dialogantes. La mayor o menor cuota de violencia que represente la Galería Metropolitana depende de criterios curatoriales, y estos han sido hasta hora sensibles al diálogo y concientes del solipsismo tautológico de las artes visuales hoy.

La Galería crece a través de los proyectos de los artistas, más allá de los deseos y las fantasías que en un primer momento la hicieron posible. Pero también se va configurando como una obra más. El mundo de lo popular y el mundo del arte culto; el mundo privado de la casa habitación y el mundo público de la Galería, descubren que tienen en común su deseo de salir de la pobreza sin tener que renunciar a sus valores, ni a su historia.

miércoles, julio 20, 2005

C´est moi

















Lo publicado hacia atrás es una pequeña prueba. Entré en mis archivos y seleccioné muy rápido, un poco al azar, algunos textos y fragmentos de textos. Supongo, sin embargo, lo que postee será mayoritariamente de producción reciente, es decir fresquito. A menos que me dé nuevamente por ir a meterme al baúl de los recuerdos que son ciertas carpetas de mi PC.

Necesito urgente aprender a introducir links y fotografías. Prometo hacerlo dentro los próximos días. Bah, fotos ya aprendí. Esa soy yo. La Artífice.

El amor es lo único que importa

No, mijita linda, no. Estoy furioso. Te he llamado 30 veces. Te imagino perfectamente diciendo “ya me está llamando este viejo tal por cual” y chac, apagado el teléfono. ¿Por qué? Si perfectamente hubieras podido contestarme y decirme: “si, estoy bien, agitada, mucho trabajo, las cosas aquí han estado horribles, mucha tensión”, y punto, ya, asunto concluido. Pero no, no fuiste capaz de hacer eso. “Ah, este viejo de mierda que se pudra”. ¿Cuántos recados te dejé?

No, no, no, no, no, no, no, no. Si yo sé perfectamente que así no más fue la cosa, no me vengái con cuentos, mira que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Tá bien, mijita, ‘tá bien. Es que no paraba de pensar en ti, po. ¿Me entiendes? "¿Cómo estará? ¿Se habrá enojado? ¿Se habrá sentido mal?"

No, muy enojado no, si lo que me dio es pena, una pena pero enorme, inmensa. Si yo entiendo: soy un viejo de mierda, podría ser tu abuelo. Antes, no te imaginái cabrita, si yo era súper mujeriego. Las dos señoras que he tenido tuvieron que aguantar que no llegara, así no más, desaparecido. Cuando nacieron los mellizos me aparecí tres días después. Tremenda cagadita. Y borracho como piojo. “Ayyy, qué niños tan lindos. ¿Cómo se llaman?” Esa onda. Pánico, me dio, pánico. Imagínate tú, si yo me sentía un cabro chico y ahora tenía dos. ¿Sabes? Una de las cosas de las que más me arrepiento cuando miro mi vida, para atrás, es de no haber pasado más tiempo con mis hijos. Déjame decirte una cosa: no hay nada más importante. Yo me aparecía de repente y les decía: “Puta que han crecido, qué grande están, dios santo.” Hace como tres años que no los había mirado, pero mirado-mirado. ¿Me entiendes? Así que usted, mi linda preciosa, ya sabe: pase todo el tiempo que sea posible con sus niños. Llegue temprano a la casa, léales cuentos. Nadie, pero nadie, puede remplazar a una madre. Un padre puede faltar, pero si la mamá falta la cuestión es catástrofe. Y te vái a arrepentir, te juro, después los daños tremendos no se pueden arreglar. No me escuchís ná si querís, pero esta cuestión escúchamela.

Es que tú eres maravillosa. Déjame tomarte la mano. ¿Querís otro whisky? ¿Comer algo? Lo que quiera, mijita, lo que quiera.

Mozo, dos whiskys más y una coca light, por favor.

Bueno, lo que te estaba diciendo: tú me gustas mucho: me gustas como cuerpo, me gustas como mujer, me gusta cómo piensas. ¿Entiendes? Eres maravillosa.

¿Cómo que no te conozco? Si te conozco, claro que te conozco. Me basta ver como metes el dedo en ese vaso, como revuelves el hielo. Todo, todo en ese gesto. Te veo. Te veo. Mi amor, yo he conocido a muchas mujeres. Tantas que no podrías imaginarte siquiera. No siempre he sido este viejo acabado que ves aquí.

Si, claro que sé bailar. Bailo regio. ¿Te gusta bailar? Vamos a tener que ir a bailar un día. Yo me pasaba horas bailando y tenía amantes, mijita. ¡Tenía energía! Ayyy, energía… eso es lo que más echo de menos. Se pasa tan rápido el tiempo. Si parece que ayer yo tenía la edad tuya. En dos años más me jubilan. ¿Sabís lo que es eso? Viejo de mierda. No sirvo pa’ni una huevá. Llevo 46 años haciendo clases. 46 años. 46.

Por suerte los mellizos están bien: deber cumplido. Si, esa fue la mamá. Una mujer espléndida: ma-ra-vi-llosa. Maravillosa mamá. Dio todo por sus hijos. Y yo me portaba mal. Tan mal. Pero pésimo. Pésimo. Yo tengo amigos con los que somos amigos hace 55 años. Tú no te podís ni imaginar lo que es esa cuestión. Ibamos a cambiar el mundo. ¿Te cachai? Tú no te imaginái lo que era conseguir una botella de whisky en esos tiempos… tú ni te imaginái.

Pero por supuesto, mijita linda, si éramos todos machistas. Yo no sé preparar ni un huevo frito. Nada. Nada. Eso de que los papás le ayudan a sus hijos con la tareas, eso no existía. No. Jamás.

Bueno, tu papá debe haber sido un hombre muy evolucionado, oye. Suerte la tuya. No. Yo jamás ayude a mis hijos en ninguna cuestión. Les revolvía el pelito, así, cuando los veía, que en realidad era re-poco, porque entre las mujeres, las clases, los alumnos, las alumnas, el taller, los amigos... Ay, Dios santo, si hay algo que tengo que agradecer es a haber tenido los amigos que he tenido. Buenos amigos. Muchos amigos. Demasiados… Se están muriendo. ¿Te cachái? Si yo ya estoy en los descuentos. Me duele la espalda. Me estoy poniendo sordo. Estoy lleno de achaques. En 20 años más nadie se va a acordar de mí. Ningún pelotudo.

Ayyy, perdona, preciosa, que me ponga así melodramático. Si, tenís razón. Pero es que tú no entendís lo que es tener la cantidá de años que tiene este viejo… estar en retirada… que el cuerpo no te responda… porque yo me siento joven de aquí… ¿me entendís? ¡No poder volver a enamorarse, por la cresta! Si yo me casaría contigo, viviría la vida entera de nuevo. Ven, ya, dame la mano, no te sintái mal por este viejo cagao.

¿No querís otro whisky? ¿Estái segura? Chíí, ¿tú creís que yo no tengo que trabajar mañana? Preciosa, sepa usted que yo trabajo 50 horas semanales. Trabajo como un burro, como un buey. Bueno, bueno, bueno. Es que lo he pasao muy re-bien contigo. Me encantó escucharte. Siento que hemos podido hablar cosas muy íntimas. Me ha encantao hablar de la vida… de la tuya… de la mía… de los hijos, que son lo más importante. Tú sabes eso ¿no? Te amo, mijita linda, te amo.

¿Tan chicos? Yo no tenía idea de que eran tan chicos. ¡Puta que son chicos! Pero te las arreglái tú de los más bien pa’ salir. Por suerte. Tenís mucha suerte. Tú no sabís los sacrificios que hacen algunas mujeres…¿Por qué no dormimos juntos, oye? Vamos un hotel… compremos una botella de champaña… celebremos… Claro que yo me tengo que ir antes de las 5 porque si no después, tú sabís, la vieja me echa: “cagando pa’ fuera, te fuiste”. ¿Y yo qué voy a hacer, mijita linda, a mi edad…? ¿Vivir de allegado en la casa de alguno de mis hijos? ¿Te imaginái? ¡Qué horror! Dios me libre. No. No quiero ni imaginarme ser una carga. Nunca. Pero todavía nos queda un buen rato. ¿Por qué no te vái conmigo? No te vái a arrepentir, cabrita, te lo juro.

¿No? ¿No? Bueno, ya: no: entiendo: capice: este viejo ya no sirve pa' ni una huevá. Yo podría ser tu abuelo ¿No cierto? Ay, mijita, me da tanta pena, tanta. Te lo juro. Es verdad que te amo, quiero que sepas eso, que lo sepas, ¿ya? Es lo único que importa, niña linda. El amor es lo único que importa.

La Risa: Poder de resistencia

No hay placer más delicioso que la risa. Sobretodo cuando se ríe de aquello que de otra manera oprime. La risa utilizada de esta forma tiene un enorme poder de resistencia intelectual. Parece decir: no dejaré que tu lógica invada mi pensamiento.

Es el último recurso para defender la propia racionalidad frente a la fuerza aplastante de lo que se presenta a sí mismo como evidencia. Parece decir: no dejaré que la poderosa apariencia de tus argumentos me haga dudar de mis instintos, tú eres más grande y más fuerte que yo, pero mi risa puede hacer tambalear a tus mejores edificios.

Los padres castigan a los niños y los niños se burlan. Los profesores reprueban a los alumnos y los alumnos se burlan. Los gobernantes oprimen a los pueblos y los pueblos se burlan. La risa parece ser el último recurso de una dignidad amenazada.

No es necesario citar “El Nombre de la Rosa”, hemos visto cómo en Afganistán se les ha prohibido a las mujeres reír. Y es que el poder fulminante y corrosivo de la risa no puede si no inspirar miedo en quienes legitiman su poder en la ficción de la homogeneidad: incluso una pequeña sonrisa puede quebrar una estructura demasiado rígida.

Les voy a contar un chiste que a mi me gusta mucho: Una mujer yace con su amante en su cama matrimonial. De pronto, abre la puerta el marido y exclama "¡¿Y esto qué significa?!" Frente a lo cual la mujer mira a su amante y le dice: "¿No te dije que era un estúpido?"

¿Qué es lo que ha hecho esta mujer? Frente al sentido común ha opuesto el cinismo, se ha negado a entrar en la lógica de su marido, ha resistido el tono acusador, ha dado un paso fuera del círculo optando por afirmar en vez de responder y ha defendido su dignidad en una situación que amenazaba con destruirla.

Viejo prólogo

Esta noche empiezo a escribir ‘aristas e imposturas’, nombre tentativo de este texto que pretendo autobiográfico, pero que no imagino mucho más. Al escribirlo -y escribirme a través de él- nos iré inventando. Sé que cuando acabe seré otra. No por el obvio dato heracliteano, sino más bien porque pretendo destruir en él a mi antiguo personaje, reinventarme una vez más y elaborar un traje a la medida de una nueva vida que sospecho, que veo de reojo en un futuro imaginario. No sé si ésta será una mejor vida, pero al menos será otra, y desde ya puedo decir que la que tengo ahora no me alcanza. Tanto es así que en un momento, en muchos en realidad, he pensado acabar con ella. Me suicidé por escrito incluso. Pero esta muerte parcial me deja en un umbral del que sólo puedo escapar inventándome un camino. Si este camino no tuviera suficientes pasiones, lugares de reposo, intersecciones con el camino de otros, curvas y desvíos, opciones y placer, entonces mejor dar la media vuelta y suicidarme por completo, dentro y fuera de las palabras. Para qué diablos vivir vidas mediocres. En ello hay poca dignidad. En ello hay algo infinitamente triste y, por desgracia, generalizado. Tanta vida a medias. Tanta vida pobre sino radical en su miseria. Tanta desolación, desesperanza, vacío. No es que mi suicidio vaya a ayudar a hacer las vidas que me rodean más felices. Probablemente sus efectos vayan en sentido contrario. Pero en fin. Tampoco me arrogaré un papel de celadora de felicidades ajenas si nada logro con la mía propia. Y aclaro: no es que aspire a la felicidad, vieja ilusión. No. Tampoco a liberarme del sufrimiento. Si esa fuera la única salida mejor compro boletos de la lotería o me suicido de inmediato. No. A lo que aspiro es a una cierta dignidad. Lo que, claro está, para cada cual es diferente. En mi caso se relaciona con exigencias y sueños bordados durante la adolescencia, postergados durante mi vida adulta por considerarlos hubris desencadenante de giros trágicos, pero vueltos a recuperar en un momento de debilidad de mi sistema defensivo. Aquí están, reclamando su lugar, la creatividad, el romanticismo, la pasión política. Aquí está, incomodando, la exigencia de una vida radical. De radical belleza, radical singularidad, de sentidos radicales. Más de algún lector o amigo o ambas cosas dirá ‘por dios, qué ingenuidad, pura y santa estupidez’. Lo sé y me importa un comino. Es aquella estupidez lo único que hoy por hoy logra conmoverme y atarme a los días. Sólo ella me permite imaginar el futuro, el mío digo, sin asco y sin mareos. Y de los mareos ya he tenido demasiado. Mareos que me han llevado a dar tumbos por lugares mal diseñados, me han hecho caer por pendientes de cobardía, me han arrojado al suelo aferrándome a ese piso inmundo por temor a caer aún más bajo. Dirán también que esto que escribo no es literatura. Desde cuándo lo es pretenciosamente hilvanar trajes para sí. No lo es. Y la solución a ese problema tan aparente es no publicar, así de fácil. Pero entonces surge otro problema. Qué hacer con el deseo de un lector. Qué hacer con la fantasía literaturizante. No lo sé. Quizás la respuesta aparezca mientras construyo el texto. Quizás surja de él. Quizás no la encuentre, por supuesto, es muy probable. Y entonces no haya nada qué hacer más que apostar a un lector amigo, amante o -en el peor de los casos- siquiatra. Cómo no imaginar a un biógrafo metido en mis archivos o a mis hijos amándome u odiándome por cada letra puesta como si ella fuese más verdad que lo vivido. El peor destino que imagino para estas letras es acabar leídas bajo un manto de cocaína a sujetos de los que no esperara más que una admiración tan fácil como evanescente y vana. Baste encontrar oídos suficientemente tontos o iletrados. Ay, ojalá no sea ese su destino. Ojalá encuentre otro o lo pueda construir.
* La fotografía corresponde a la fotógrafa norteamericana Cindy Sherman.

Poetas


Mi fantasiosa ilusión de publicar poesía retrocede ante las tribus de poetas con las que en ocasiones me encuentro por las noches, entre los vacíos de la ciudad y las ruinas de la metafísica, cual gitanas miserables vendiendo talismanes para conseguir dinero.

e-mails

Necesitada o no necesitada. Demasiado esto o lo de más allá. No parecemos encontrar un punto de equilibrio para descansar juntos por un rato. Dices que es mi intensidad y yo creo que es la tuya. Pensemos que el medio es el intenso y nosotros sus víctimas culpables. Que lo intenso es la escritura. Si estuvieras a mi lado te tomaría de la mano sin esperar nada y guardaría silencio. Pero por escrito, querido amigo, no puedo. Si guardo silencio, desapareces. Si te tomo la mano, tiene que ser con las palabras. Con mi mano sustantiva me acerco adjetivamente a ti. Y eso es ya un desequilibrio. Estamos condenados a esta intensidad. Es cierto que la escritura puede ser menos intensa, pero creo que en este camino hemos llegado a un punto de no retorno.

Consejo

Usted no debería creer en mis palabras ya que yo misma no lo hago. O tal vez lo más sensato sería dejarse envolver por su fiebre sin exigir de ellas verosimilitud o coherencia. Buscar entre letra y letra síntomas de género, generacionales, latinos, de clase, tercermundistas. Buscar en ellas algo que, como un abrazo, me implique superándome.

Treinta años como yo

Se me ha pedido que escriba sobre el golpe de Estado y no sé por dónde empezar. Me lo ha pedido el director de la revista que usted lector tiene en sus manos porque le ha gustado interesado lo que sea el testimonio que he escrito hace cuatro años ya sobre el impacto que en mi vida tuvo (ha tenido) el alevoso asesinato de mi padre. Se me ha pedido por lo tanto un texto testimonial como lugar de rareza en una publicación académica de tono crítico de izquierda intelectual. No sé cómo satisfacer esa expectativa. Mi testimonio ya lo he dado y si a alguien le interesa puede encontrarlo en internet. Retomarlo ponerlo al día tensarlo con los nuevos acontecimientos sería provocar trizaduras en su frágil coherencia textual. O más bien sería impostar un tono animado en otros tiempos por momentos de vida y contextos hoy desaparecidos. Sin embargo agradezco que se me ofrezca la posibilidad de ocupar el lugar de la rareza. Amplio lugar de libertad. Vamos a ver si Galende después de leer mis desvaríos todavía me quiere publicar. Ahora que he agotado la introducción la cosa se complica. Qué decir sobre el golpe de Estado cuando cumple treinta años como yo. Qué decir sobre el impacto que el golpe ha dejado en mi vida desde otra perspectiva que la de la imaginación herida de la que he hablado ya. Se me ocurre por ejemplo hablar de la permanencia del golpe en mi cotidianidad a través de los juicios en los que concreta o mentalmente me he visto involucrada. Primero contra Pinochet y los torturadores de mi padre en el que me tuve que enfrentar a la avidez de periodistas a una exposición pública no alcanzada a calcular a la focalización permanente de mi imaginación en el daño a mi vida a mi corazón y a mi mente. Creérmelo como si en ello no hubiera paradojas ni distancia ni versiones yuxtapuestas. Creérmelo como si yo no pudiese gozar un poco también de ese daño. Porque de los daños se goza y no me vengan a mí con cuentos. Se goza por vanidad. La vanidad de sentir que el dolor nos hace más complejos más lúcidos más preparados para enfrentar los otros golpes de la vida. El asunto es que me involucré en ese juicio no sólo por la visión política de que era necesario levantar algo del polvo que yacía sobre lo acallado. Me involucré sobretodo porque sentí que de ello dependía la dignidad de la memoria de mi padre y la libertad de sus amigos que enfrentaban querellas por injurias potenciadas por la temible ley de seguridad del Estado simplemente por haber dicho la verdad. Verdad que en pocas palabras podría resumirse en que el señor Hernán Gabrielli teniente en la época del golpe y ahora (entonces) segundo hombre de la Fach había torturado cruelmente a mi padre frente a testigos. Pero esto de los juicios creo yo es más para la tele para poner en la agenda aquellos temas que interesa que se hablen que para sentar jurisprudencia o dañar a quienes de por sí ya están dañados. Y así me explico con el perdón de mis abogados especialmente de mi amiga Carmen Hertz el que el juicio no haya terminado en veredicto sino en abandono negligente. Gabrielli salió por la puerta trasera de la institución que lo avalaba con repudio público. Eso estuvo bien. Pero ahora vuelve a aparecer en la pantalla avalado esta vez por Gemma Contreras y su equipo de pluralistas inmorales publicitando sus productos: lencería fina y no tan fina maquillaje perfumes de channel. Angel Gabrielli ordinario con sus calzoncillos atigrados en la mano pero ángel al fin. A favor mío y de mis abogados debo decir que el juicio no tenía posibilidad de prosperar. Qué se haga cargo la funa. Y el maldito que se pudra en su conciencia. Qué puedo hacer yo. Me dirán mandar cartas retomar el juicio unirme a la funa. Bueno creo que al escribir esto algo hago. Pongo mi rabia arriba de la mesa que viene a ser lo mismo que mandar cartas retomar el juicio o unirme a la funa. Quizá incluso tenga más repercusión. Vaya uno a saber. Me salto ahora al segundo juicio. Uno proyectado. Juicio civil contra el Estado de Chile. Según tengo entendido Carmen Soria y la familia Letelier han ganado una churrada de millones en esto de exigir que paguen todos por lo que hicieron unos pocos. Debo reconocer que las cifras despiertan mi ambición. Quién no ha soñado con volverse millonario. Pero mi ambición tiene límites sobretodo en temas sensibles como éste (y créanme que éste es un tema sensible a pesar del ánimo que me inunda y que no pienso disimular con imposturas). Y en este caso el límite que veo es mi falta de discurso para disfrazar mi ambición de alguna otra cosa más digna. En público siempre puedo hacerme la tonta. Decir por ejemplo que si la plata será destinada a gastos de representación de gobernantes por qué no utilizarla como advertencia de los costos finalmente traducibles en dinero que pueden significar para un país perder totalmente la legalidad la cordura y el respeto. Sin hablar de la compasión también perdida. Pero no me lo creo y en privado sola o con los míos no podría dejar de experienciar todo el asunto como un negocio con costos como cualquier otro para conseguir abultados fondos mutuos para mí. No me creo que la plata del Estado sea para representación de gobernantes. Decir esto no sólo sería una tonta parcialidad sino que además reforzaría el importante pero sobredimensionado asunto de la corrupción y de las coimas. Que por lo demás también se vería reforzado por el hecho de que personajes vinculados de una u otra manera a la familia gobernante se llenen los bolsillos con plata que bien podría ser destinada a otros asuntos. Aunque Carmen Soria o yo no seamos más que ovejas negras en esta familia tangenciales rarezas nuevamente estos juicios son muy elitistas nadie quiere que se vuelvan masivos y la prensa les baja el perfil de manera por cierto interesada. Aquí debo decir que no desconfío de los buenos sentimientos ni argumentos de los abogados de derechos humanos Carmen Soria o la familia Letelier. Simplemente mis argumentos (sentimientos) invariablemente se desvían hacia zonas peor iluminadas. Hacia mi estómago delicado al que la mezcla nauseabunda entre ambición dinero poder mirada pública y el cuerpo mutilado de mi padre pudiera causar indigestión. Hacia la pregunta del millón cuánto vale negociemos. Valor de cambio finalmente el cuerpo de mi padre transformado en mercancía como todo o casi todo lo demás. Lo único gratuito es la muerte ha dicho Freud. En otro contexto podría afirmarse que la muerte está muy bien pagada. Vuelvo a insistir la mezcla es nauseabunda pues pone frente a frente al cinismo y al dolor. Y como en un juego de espejos tentador alucinante invita a construir la historia desde ahí. Pero como se habrá podido percatar usted lector inteligente la mezcla se produce también aquí en mi escritura y mi estómago resiste. Por lo tanto aún puede que mi ambición sea más fuerte y me arroje a los brazos de decisiones hedonistas aunque después de estas diatribas (si Galende se interesa en publicarlas) ya cagué. No sé. Se me ocurre que mi parálisis para decidir a este respecto se vincula con que no logro calcular los posibles devenires de mi acción. Capaz que sólo me provoque amargura ese dinero y en cada cheque que firme mi imaginación herida sangre de pudor. Si esto le parece a usted una locura lo comprendo. No me ha interesado aquí la coherencia para eso están los textos de los lados que imagino magníficos y brillantes en su analizar. Lo mío en cambio está para ser analizado. Ya en el testimonio al que aludí al comienzo de este texto me dediqué a escarbar en la llaga adolorida en lo siniestro que palpita en lo familiar. Ahora me dedico de lleno a lo familiar lo que no significa que usted no pueda poner el ojo en sus palpitaciones ominosas. A poner en evidencia el lenguaje tantas veces apresurado frívolo o directamente imbécil si usted quiere con que registramos las cosas de la vida. Este lenguaje aunque importante y mucho también ha sido silenciado de los escenarios públicos. Probablemente a eso se deban el escándalo y la fascinación que provocan los shows de realidad que en estos días saturan las pantallas y que yo celebro aunque me indigne tanta estupidez. Así que si a usted le indignan mis palabras no me queda más que cerrar la boca y aceptar estoica golpes nuevos. Quizás le interese más saber que cuando murió mi abuela heredé un puñado de cartas de mi padre cartas de amor y que éstas me hicieron llorar. Pero a pesar de que se me partió el alma y lloré no fue una nueva herida fue la herida vieja que sangraba. Que sangraba por lo demás menos seguido porque el haber podido escribir sobre ella haberla compartido haberme reconocido en la mirada emocionada de muchos que me acompañaron en la lectura de ese texto hizo el vaivén de las apariciones de la pena más amplio. Algo hizo por mí el poder de enunciación o la vanidad de la escritura directamente. Algo me permitió expulsar e incorporar. Expulsar algo del pus incorporar nuevas visiones sentidos de mi historia que escapan al confín de los estrechos pasillos de la angustia.

Cita

“No ha de tratarse de comprender nada en la escritura. Únicamente vale preguntarse con qué funciona; en función de qué hace pasar o no intensidades; en cuáles multiplicidades introduce o metamorfosea la suya; con qué cuerpos sin órganos hace converger el suyo”

Gilles Deleuze

Un texto de Primo Levy

Las estrellas negras

Que ya nadie entone cantos de amor o de guerra.
El orden que daba al cosmos su nombre ha quedado disuelto;
las legiones celestes son una maraña de monstruos,
el universo nos asedia ciego, violento y extraño.
El cielo está sembrado de horrendos soles muertos,
densísimos sedimentos de átomos aplastados.
De ellos no emana sino gravedad desesperanzada,
no energía, no mensajes, no partículas, no luz;
la luz misma se precipita, rota por su propio peso,
y todos nosotros, semilla humana, vivimos y morimos por nada,
y los cielos giran perpetuamente en vano.

Primo Levy

Fracaso por Fernando Pessoa

Fracaso

Cuanto he tomado por victoria es sólo humo.
Fracaso, lenguaje del fondo, pista de otro espacio más exigente, difícil de entreleer es tu letra.
Cuando ponías tu marca en mi frente, jamás pensé en el mensaje que traías, más precioso que todos los triunfos.
Tu llameante rostro me ha perseguido y yo no supe que era para salvarme.
Por mi bien me has relegado a los rincones, me negaste fáciles éxitos, me has quitado salidas.
Era a mí a quien querías defender no otorgándome brillo.
De puro amor por mi has manejado el vacío que tantas noches me ha hecho hablar afiebrado a una ausente.
Por protegerme cediste el paso a otros, has hecho que una mujer prefiera a alguien más resuelto, me desplazaste de oficios suicidas.
Tú siempre has venido al quite.
Sí, tu cuerpo llagado, escupido, odioso, me ha recibido en mi más pura forma para entregarme a la nitidez del desierto.
Por locura te maldije, te he maltratado, blasfemé contra ti.
Tú no existes.
Has sido inventado por la delirante soberbia.
¡Cuánto te debo!
Me levantaste a un nuevo rango limpiándome con una esponja áspera, lanzándome a mi verdadero campo de batalla, cediéndome las armas que el triunfo abandona.
Me has conducido de la mano a la única agua que me refleja.
Por ti yo no conozco la angustia de representar un papel, mantenerme a la fuerza en un escalón, trepar con esfuerzos propios, reñir por jerarquías, inflarme hasta reventar.
Me has hecho humilde, silencioso y rebelde.
Yo no te canto por lo que eres, si no por lo que no me has dejado ser. Por no darme otra vida. Por haberme ceñido.
Me has brindado sólo desnudez.
Cierto que me enseñaste con dureza ¡y tú mismo traías el cauterio! Pero también me diste la alegría de no temerte.
Gracias por quitarme espesor a cambio de una letra gruesa.
Gracias a ti que me has privado de hinchazones.
Gracias por la riqueza a que me has obligado.
Gracias por construir con barro mi morada.
Gracias por apartarme.
Gracias.

Fernando Pessoa

Derrota por Rafael Cadenas

Yo que no he tenido nunca un oficio
que ante todo competidor me he sentido débil
que perdí los mejores títulos para la vida
que apenas llego a un sitio ya quiero irme
(creyendo que mudarme es una solución)
que he sido negado anticipadamente
y escarnecido por los más aptos
que me arrimo a las paredes para no caer del todo
que soy objeto de risa para mí mismo
que creí que mi padre era eterno
que he sido humillado por profesores de literatura
que un día pregunté en qué podía ayudar
y la respuesta fue una risotada
que no podré nunca formar un hogar, ni ser brillante,
ni triunfar en la vida
que he sido abandonado por muchas personas
porque casi no hablo
que tengo vergüenza por actos que no he cometido
que poco me ha faltado para echar a correr por la calle
que he perdido un centro que nunca tuve
que me he vuelto el hazmerreír de mucha gente
por vivir en el limbo
que no encontraré nunca quién me soporte
que fui preterido en aras de personas más miserables que yo
que seguiré toda la vida así
y que el año entrante seré muchas veces más burlado
en mi ridícula ambición
que estoy cansado de recibir consejos de otros
más aletargados que yo
(«Ud. es muy quedado, avíspese, despierte»)
que nunca podré viajar a la India
que he recibido favores sin dar nada en cambio
que ando por la ciudad de un lado a otro como una pluma
que me dejo llevar por los otros
que no tengo personalidad ni quiero tenerla
que todo el día tapo mi rebelión
que no me he ido a las guerrillas
que no he hecho nada por mi pueblo
que no soy de las FALN y me desespero por todas estas cosas
y por otras cuya enumeración sería interminable
que no puedo salir de mi prisión
que he sido dado de baja en todas partes por inútil
que en realidad no he podido casarme ni ir a París
ni tener un día sereno
que me niego a reconocer los hechos
que siempre babeo sobre mi historia
que soy imbécil y más que imbécil de nacimiento
que perdí el hilo del discurso que se ejecutaba en mí
y no he podido encontrarlo
que no lloro cuando siento deseos de hacerlo
que llego tarde a todo
que he sido arruinado por tantas marchas y contramarchas
que ansío la inmovilidad perfecta y la prisa impecable
que no soy lo que soy ni lo que no soy
que a pesar de todo tengo un orgullo satánico
aunque a ciertas horas haya sido humilde
hasta igualarme a las piedras
que he vivido quince años en el mismo círculo
que me creí predestinado para algo fuera de lo común
y nada he logrado
que nunca usaré corbata
que no encuentro mi cuerpo
que he percibido por relámpagos mi falsedad
y no he podido derribarme,
barrer todo y crear de mi indolencia, mi flotación,
mi extravío una frescura nueva,
y obstinadamente me suicido al alcance de la mano
me levantaré del suelo más ridículo todavía
para seguir burlándome de los otros y de mí
hasta el día del juicio final.

Rafael Cadenas, Caracas, 1963

Amores no correspondidos IV

El niño enamorado de su madre se pregunta al despertar en medio de la noche si acaso aquello que le ocurre es natural. Va a la cocina a buscar agua. Ve que la luz de la pieza de su madre está encendida y se siente tentado a ir allá, pero ella le ha dicho (muchas veces) que no desea su presencia por las noches (golpe). El niño enamorado de su madre vuelve entonces a su pieza, prende la luz y se sienta sobre su cama con la cabeza tomada entre las manos. Piensa en que tal vez las cosas horribles que ha escuchado decir sobre su madre son ciertas, en cómo ella (antes) lo acompañaba hasta que se quedara dormido, en cómo le leía (antes) y le permitía tocarle los pechos. Ya no lo quiere, concluye, y llora. Mareado por el llanto y los pensamientos autocompasivos, cae dormido nuevamente. Sueña con un gato negro del porte de un caballo que lo mira. Sueña que su madre es algo así como un muñeco y él le arranca la cabeza de un mordisco. Despierta sobresaltado. Piensa que debe decirle a su madre que la ama para que ella le diga “yo también”. Alguien (su madre) ha apagado la luz de su pieza. Se levanta y (a tientas) se dirige a la cama de su madre. Al llegar ahí le dice: “mamá, ¿puedo decirte algo?”. Ella, haciendo un esfuerzo para no despertar del todo, le responde con una pregunta, a saber: “¿qué te pasa?”. A lo que el niño enamorado de su madre replica “te amo” (error).

El niño, dada la turbación en que se encuentra, no alcanza a advertir que su madre le ha reprendido muchas veces por responder a preguntas con otras preguntas.

Amores no correspondidos III

La mujer enamorada le pide a su marido que baje el volumen de la tele. El ruido le impide pensar en aquél (otro) que no le corresponde. El marido acepta de mala gana. Ella pareciera estar mirando esas imágenes que su marido ha seleccionado, pero lo cierto es que sus ojos no ven, están como vueltos hacia dentro. La mujer enamorada tiene mucho material para pensar: una amiga en común (de ella y aquél que no le corresponde) le ha dicho que él está seriamente interesado en una de sus alumnas (o interesado en una de sus alumnas). Ella piensa que él es un viejo (verde), que su interés por la alumna es patético, que la chica (gracias al cielo) no le hará caso, que (quizás) si ella le hubiese revelado su amor, aquel que no le corresponde no se habría interesado en la chica, que por suerte nunca hizo nada al respecto, que habría sido (sin duda) humillante e indigno; que si él la quisiera (sólo un poco) no dudaría en dejar la vida que ha llevado durante los últimos diez años, que su marido sufriría, que ella podría tolerar ese sufrimiento (al menos de lejos podría); que el hombre que no le corresponde es demasiado para ella, demasiado inteligente, demasiado atractivo; que ella debe superarse a si misma, bajar 15 kilos, dejar a su marido, mejorar su estado físico; que si se divorciara tendría que hacerse cargo sola de las niñas, tendría que aprender a estar sola, que quizás le convendría cambiarse de casa; que no existen más hombres como aquél que no le corresponde y que, por lo tanto, ya que no le corresponde, tendrá que quedarse sola o resignarse con menos. De pronto, el marido de la mujer enamorada le pregunta en qué está pensando. “En nada”, responde de inmediato. “¿En nada o en nada confesable?”, insiste el marido. Para no tener que responder, la mujer enamorada apoya su cabeza en el pecho del marido (error) y le pregunta si acaso es posible cambiar el canal de la TV. El marido, que no desaprovecha las escasas ocasiones que se le presentan para tener sexo, le acaricia el pelo, luego un pecho y luego se sube sobre el cuerpo de la mujer enamorada. Ella cede, calculando (a toda velocidad) que inventar una excusa (y discutirla) le tomará más tiempo (y más trabajo) que ceder. Hacen entonces (lo que algunas personas llaman) el amor.

Amores no crrespondidos II

El hombre enamorado le dice a aquella que no le corresponde te amo, por décima -o tal vez vigésima- vez en la jornada. Ella (que no le corresponde) intenta disimular su turbación e incomodidad porque no quiere arruinar el fin de semana del que ha decidido (de antemano) disfrutar, y se dispone a vencer (de cualquier forma) el obstáculo que para ello supone que él haya decidido, justo ahora, declararle el amor que hasta entonces había guardado en secreto. Secreto relativo ya que ni el hombre enamorado había disimulado bien su estado de enamoramiento (hasta ahora) ni ella es completamente estúpida. Es decir, la mujer que no le corresponde estaba perfectamente conciente de que él se había enamorado mucho antes de que el hombre enamorado decidiera que debía enunciarlo en voz alta y, en el fondo de su corazón, como algunas personas dicen, se sentía halagada por ese amor. Pero ahora se le exigía una serie de cuestiones adicionales. En primer lugar, responder de alguna manera a la declaración del hombre enamorado. En segundo lugar, hacerlo sin herir al hombre enamorado. Y, en tercer lugar, disfrutar de ese fin de semana en la playa del que había decidido (mucho antes) que debía disfrutar. Para cumplir con estas nuevas exigencias, la mujer (que no le corresponde) ha respondido a los “te amo” del hombre enamorado con algunos “yo también” y otros tantos “gracias” o “me conmueves”, pensando (al mismo tiempo) que, más adelante, una vez que el fin de semana acabase, tendría que idear una nueva estrategia, esta vez para alejar al hombre enamorado de su vida, sin herirlo. Por su parte, el hombre enamorado, se ha percatado de que, tras decirle “yo también”, las mejillas de ella se han puesto súbitamente coloradas o ha adoptado una postura rígida con el cuerpo o ha cambiado de tema de manera abrupta, lo que interpreta como que la mujer que no le corresponde no está siendo completamente sincera. Sin embargo, el hombre enamorado ha pasado tantas horas especulando acerca de cómo reaccionaría la mujer que no le corresponde tras escuchar su declaración de amor, que aquel “yo también” le resulta de alguna manera tranquilizador y decide aislarlo del ruido provocado por su interpretación (a la que califica de sobreinterpretación) de las reacciones corporales o verbales otras de la mujer. Ella, que no es completamente estúpida, sabe que el hombre enamorado, tarde o temprano, acabará por sacarle en cara su insinceridad, pero decide bajarle el perfil al asunto hablando del temor que le provoca la idea de que su hijo maneje en estado de ebriedad, de un nuevo tipo de champiñones que venden en algunos supermercados o de la novela portuguesa que está leyendo. Sin embargo este último tema lleva la conversación hasta un punto en el que ella comenta descuidadamente (error) las ganas que le han dado de conocer Portugal, tras lo cual el hombre enamorado, de manera por cierto oportuna, le propone viajar juntos a Europa a fin de año. La propuesta la coge por sorpresa (error), muestra su turbación con signos físicos y verbales que el hombre enamorado decide pasar por alto y, finalmente, tras ensayar algunas excusas hábilmente desarmadas por su contrincante, acepta la invitación. Así, el hombre enamorado y la mujer que no le corresponde, sellan el pacto que los unirá, de manera del todo probable, por el resto de sus vidas.

Amores no correspondidos I

La niña enamorada vuelve a su casa llorando por la evidencia innegable de que su amor no es correspondido. Luego de tirarse sobre la cama y sentir lástima, incluso odio, hacia si misma, la niña enamorada toma el auricular del teléfono y marca el número de aquél que evidentemente no le corresponde. Aquél le da a la niña (una vez más) un pequeño sermón acerca de lo que ella podría hacer con su vida si no fuera una tonta, mimada-por-sus-padres, poco imaginativa y acomplejada. Ella llora, sorbe los mocos y dice despacito (muy despacito) que lo quiere, que nunca antes se había sentido de ese modo. Él (que apenas ha logrado distinguir las palabras de la niña enamorada, pero sí las ha comprendido) le pide que hable a un volumen razonable, le dice que así no se puede conversar, que él tiene cosas más importantes que hacer aparte de escuchar los melosos lamentos de una niña aburrida y ociosa. Ella (es decir, la niña enamorada) suelta entonces un “te amo”, que a todas luces parece un exabrupto, agrega un ruego: “no te burles” y luego rompe a llorar con el mismo tono agudo con el que ha pronunciado lo anterior. Aquél, que no le corresponde, notoriamente incómodo, le dice que la escena a la que está siendo sometido es absolutamente insoportable y que no le queda otro remedio que dar por terminada, ipso facto, la conversación, si es que a eso se le puede llamar conversación. Acto seguido, cuelga el teléfono. La niña enamorada corre al baño y frente al espejo se tira el pelo, aprieta los dientes con tanta fuerza que piensa que alguno podría caérsele, estudia las zonas de su piel enrojecidas, actúa (frente al espejo) muecas de dolor que le revelan a si misma un talento interpretativo que más tarde podría ser aprovechado profesionalmente y gime. Cuando su llanto cede, la niña enamorada se dice (en voz alta) que más allá de que aquel que no le corresponde la desprecie, esto de estar enamorada es, sin lugar a dudas, lo mejor que le ha pasado.

Sin Dios

El agnosticismo es la timidez de los ateos. O su esperanza. O su cobardía. O su cortesía.

Not perfect

Soy una maldita cómoda y burguesa. Odio todo lo doméstico. No lavo, no plancho, no cocino, no hago el aseo y vivo gracias a las empleadas (dos días sin su ayuda y mi casa luce como si por ella hubiese pasado un huracán). Entonces, ¿debo agradecer al tercer mundo que me las provea? ¿debo agradecer la posición privilegiada en que nací? ¿o debo seguir haciéndome la tonta y no hablar de tópicos desagradables? ¿o pedirle a dios que los japoneses de una vez por todas acaben de inventar el robot que lo hace todo, comprarlo y dejar a la peruana embarazada que trabaja en mi casa cesante? ¿o trabajar por un mundo en el que no existan personas como ella o como yo? ¿o quizás concentrarme en aquellas tareas a las que detesto porque nunca pude dominar? ¿aprender a desinfectar el piso de la cocina sin que ello me tome la tarde entera por ejemplo? ¿o seguir hablando del tema con un tono cínico porque entre las alternativas existentes no parece la peor?

Mostrar la hilacha

En ocasiones quisiéramos ser perfectos. O al menos mostrarnos perfectos. Vestir el traje de la perfección. Pero este traje está lleno de nudos y enervantes costuras internas que no nos permiten hablar con naturalidad o sentar con descuido. Es por esto que en ocasiones nos sentimos tentados a mostrar la hilacha. Comenzamos a tirar y tirar de un hilito hasta encontrarnos de pronto desnudos o, dicho de otro modo, vestidos con la vergüenza.